Rapa Nui, el sitio sagrado de Orongo

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El lago del Rano Kau es el mayor de la Isla de Pascua, En el borde  más estrecho del cráter está situado Orongo. Esta caldera volcánica forma la punta suroeste  de Rapa Nui; en Polinesia el sudeste de una isla era el lugar desde donde partían las almas de los muertos, y los cráteres eran entradas al más allá; es  muy posible que Orongo lugar tuviera las mismas connotaciones. Desde la parte más baja del borde del Rano Kau es desde donde descendían los contrincantes  de la prueba del Tangata Manu. La imagen del hombre pájaro combina una figura humana en cuclillas con el pico y la cabeza de un rabihorcado.

Orongo es una aldea ceremonial que fue construida con motivo del culto a Make-Make, dios creador y de la fertilidad, y la competencia del tangata manu. Su uso era estacional, se utilizaba al inicio de la primavera y durante unas pocas semanas. Aquí se desarrollo  un tipo único de habitación a piedras lajas, a pesar de que el diseño evoca claramente el de las hare vaka o casa botes comunes en el resto de la isla. Orongo es al mismo tiempo el principal enclave de arte rupestre de Rapa Nui con centenares de petroglifos variados que dan cuenta de la importancia que alcanzó este enclave en tiempos antiguos. Se estima que el inicio de su ocupación fue desde finales del siglo XVI, aunque el culto del Tangata Manu parece que fue adquiriendo relevancia en siglos posteriores.  El sitio sagrado de Orongo alberga una de las colecciones de motivos en bajo relieve mejor conservadas y más notables, entre los que destaca la famosa figura del hombre pájaro. El profundo bajo relieve con que están realizados es insólito en Polinesia y supone un desarrollo que, en otras culturas, es un paso hacia la escultura de bulbo redondo. El 86% de las imágenes están localizadas aquí.

El culto a los antepasados representado por los moai  fue uno de los rasgos mas sobresalientes de la cultura polinesia  prehistórica de la Isla de Pascua. Sin embargo a partir del siglo XVI, la sociedad insular fue abandonando la construcción de estatuas megalíticas como expresión política y religiosa, sustituyéndolo por el culto al dios Make Make estrechamente vinculado a la fertilidad, la primavera y la llegada de aves marinas migratorias. Orongo llego a ser el centro  de este orden emergente, representando de esta manera una nueva etapa en la historia y cultura de Rapa Nui, en la cual una religión y un sistema político diferentes a los anteriores se impuso de forma gradual en la sociedad y marcó su devenir hasta finales del siglo XIX. Orongo representa esta nueva fase histórica.

El ritual del Tangata Manu era una ceremonia anual en la que jefes de diferentes tribus, o sus hapu o representantes, competían para conseguir el primer huevo del manutara o gaviotin apizarrado, que llegaba a la isla para anidar en el islote Motu Nui.

Grupos provenientes de toda la isla, acudían a la aldea ceremonial donde llevaban a cabo diversos preparativos para la competición. En esta, los participantes descendían por el acantilado y nadaban hasta Motu Nui, donde permanecían días o semanas esperando la llegada de los manutara hasta que alguno de los participantes encontraba un huevo. El competidor regresaba a la aldea y era investido como tangata mau u hombre pájaro o recibía esta condición el jefe a quién representaba. El nuevo tangata manu era considerado tapu, es decir sagrado, y vivía en reclusión ceremonial por un año. La última competencia tuvo lugar  en 1867.

La clave para comprender el culto al hombre pájaro en el contexto de Polinesia es que la posición social era una preocupación primordial y era hereditaria. Pero esta posición también podía adquirirse a viva fuerza, posiblemente siendo un gran guerrero (matato’a). Convertirse en hombre pájaro era otra forma de conseguir ese rango elevado. El hombre que se convertía en hombre pájaro reafirmaba en orden social, reforzaba la posición social y el poder constituía un punto de encuentro para la sociedad.

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El ritual del hombe-pájaro encierra fuerte elementos simbólicos sobre la muerte y la resurrección, similares a numerosos ritos de otras partes del mundo: la figura mitad hombre/mitad pájaro en cuclillas o en posición fetal, el descenso hacia el océano (la gran madre), la ocultación en cuevas (como el vientre materno), la subida del acantilado, el huevo sagrado el afeitado de cabeza, el sacrificio humano, el confinamiento y el asilamiento (la muerte simbolica), y la vuelta a la sociedad (resurreción).

Isla de Pascua~Georgia Lee

Al inicio del sendero se puede apreciar una perspectiva general de la aldea y de los islotes; pudiéndose percibir que las viviendas fueron orientadas hacia los motu relacionados con las ceremonias religiosas de Orongo. Motu Nui, como indica su nombre, es el más grande y donde anidaban los manutara. A continuación se encuentran dos casas sin restaurar, pudiéndose observar el estado en el que se encontraban estas estructuras antes de la reconstrucción de las casas entre 1974 y 1976. La siguiente atracción es otra vivienda, esta vez restaurada de forma parcial con la intención de  mostrar la forma en que se construyeron; poseyendo un único ambiente, de planta elíptica, con gruesos muros dobles de lajas rellenos de tierra. El techado se construía  trasladando lajas progresivamente hasta unirlas con grandes piedras centrales que cerraban la habitación por la parte superior, donde se colocaba más tarde una cobertura de tierra y pasto.

Desde esta casa restaurada se alcanza el enclave donde se llevaban gran parte de las actividades sociales en Orongo. Estas tenían lugar en frente de las viviendas y en terrazas definidas por un muro bajo de piedras. Grupos de diferentes tribus se reunían aquí durante varias semanas cantando y bailando.

Prosiguiendo el camino se llega hasta el lugar en donde una de las casas acogía al Moai Hoa Haka Nana, singular estatua de basalto de 2.5 metros de alto y en la que en su espalda se grabaron distintos petroglifos vinculados al ritual del tangata manu. Este moai fue sustraído en 1868 y hoy se exhibe en el British Museum.  Continuando la ruta se llega a la sección central de Orongo donde se puede apreciar la disposición escalonada de las viviendas, aprovechando los desniveles naturales del sitio. Algunas de las casas disponían de paredes ornamentadas con pinturas alusivas al ritual del Hombre, como figuras de aves marinas y remos ceremoniales llamados ao. Parte de estas pinturas son conservadas en museos tanto en la isla como en el extranjero.

La siguiente visita será en el sector de Mata Ngarahu, el centro de la actividad ceremonial durante la competencia del tangata manu. Centenares de petroglifos del hombre pájaro, Make Make y komari se hayan grabados en las rocas de este sector, dando testimonio de la intensa actividad ritual desarrollada en el lugar. Los komari son signos vulvares  puediendo ser un reflejo de las  preocupaciones generales por la fertilidad o bien un interés en el placer sexual o tal vez ambas. Estas aparecen por toda la isla, en Orongo, es frecuente que aparezcan grabadas en lo alto de la figura del tangata manu, en otras partes cubren toda la superficie de la roca, testimonian culto a la fertilidad

Motivos comunes de los petroglifos son las llamadas caras Make Make; en algunos casos son rostros completos, en otros, ojos y nariz, o solamente ojos y a menudo rodeados por diversas líneas que dan la impresión de una especie de antifaz. Constituyen uno de los motivos principales de la costa norte de Rapa Nui, cerca de Omohe donde existen dos cuevas cuyo interior esta literalmente cubierto de rostros pintados o grabados.

Según la tradición de Isla de Pascua, los sacerdotes a cargo salmodiaban y rezaban por el éxito del ritual del Tangata Manu. Sin lugar  a dudas el impresionante paisaje de Orongo, entre el océano infinito  y el sublime paisaje del  Rano Kau,  fue significativo en los rituales; este era el lugar más sagrado de Orongo. Más adelante se encuentra una de las canteras utilizadas para la extracción de las lajas o keho; las piedras planas empleadas para la construcción de las viviendas de Orongo. Este material resultó muy apropiado para levantar la aldea, ya que las hare vaka o chozas hechas con elementos vegetales como paja y totora, que fueron comunes en el resto de Rapa Nui, no hubieran resistido a los fuertes vientos que aquí imperan. Finalmente, acabando el recorrido por el sendero de Orongo  encontraremos una plataforma central  en ruinas y la rampa de un pequeño altar ceremonial o ahu. Se pueden apreciar al mismo tiempo fragmentos de toba del volcán, pertenecientes a un moai que alguna vez se levantó aquí. Estos restos evidencian que las diversas tradiciones y creencias no estuvieron completamente separadas y que los cambios fueron graduales.

Orongo esta enclavada en un borde estrecho del cráter muy expuesto a la erosión marina. La escultura o kauri kari que se observa al sur de Orongo, muestra como la acción del mar ha erosionado el volcán Rano Kau, y su avance en dirección hacia el cráter. Además la aldea esta expuesta a los vientos y la lluvia permanentes.

Oceanía, una teoría racista basada en el `color de la piel´

Polynésie / Mélanésie – L’Invention française des `races ´ et des régions de l’Océanie (XVIe-XXe siècles) de Serge Tcherkézoff (Au vent des îles, 2013).  A menudo se pasa por alto que la división de Oceanía es el resultado de una teoría racista basada en el `color de la piel´, surgida  en Francia a principios del  XIX y desarrollada durante siglos de interrogaciones  europeas sobre la presencia de los `Negros del Pacífico´. Es también el resultado de una mirada europea masculina que admiraba más a las polinesias que a las mujeres  de las `islas negras´ (Melanesia). El libro ofrece una historia general- y una reconstrucción-  de las visiones europeas, raciales y sexistas sobre la naturaleza física y moral de estos  pueblos entre los siglos XVI y XX.

Serge Tcherkézoff es director de estudios del Centre de Recherches et de Documentation sur l’Océanie – CREDO, sus trabajos están relacionados con la evolución contemporánea de la sociedad polinesia de las islas Samoa, la  etnohistoria de los primeros encuentros entre los polinesios y los europeos y sobre la historia de las teorías antropológicas.

Moana, una princesa polinesia protagonista de la nueva película de Disney

Taika Waititi, director de cine   nominado  a los  premios de la Académia de Hollywood,  es quién ha escrito el guión original para Moana, la  nueva película de Disney. El cineasta māori  ha  dirigido  Boy (2010) ,  gran éxito de público en Aotearoa Nueva Zelanda, y  el  largometraje  What We Do In The Shadows. (2014).  Moana transcurre en el Pacífico Sur siguiendo  los pasos de una princesa polinesia a la búsqueda de una isla mítica y  acompañada por  Maui, semi dios presente en los mitos y leyendas  de muchas de las islas que conforman la  Polinesia.  Al mismo tiempo, la historia emplaza al océano cómo protagonista,;  subrayando las habilidades y técnicas  de navegación y  el universo  mitológicoco polinesio.  Para los polinesios, el océano  fue casi como otra tierra firme, el  mismo que permitió que las islas y archipiélagos de Polinesia   fuesen colonizados,  poblados   y el cual les otorgo sus conocimientos de astronomía, su cultura y concepción del mundo. El filme , que llegará a las pantallas en 2016, estará encabezado por Ron Clements y John Musker,   nombres legendarios relacionados a la historia animada de  la factoria Disney y quienes dirigieron clásicos como La Sirenita (The Little Mermaid, 1988),  Aladdin (1991), y más recientemente colaboraron en el musical The Princess and the Frog (La Princesa y el Sapo 2009).

La representación de Tahiti en la literatura Occidental (IV)

El presente texto despliega una breve historia de la representación de Tahití en la literatura occidental y las diversas consecuencias históricas, políticas y culturales, que se inició con el contacto de la Polynesia posterior al “descubrimiento” de América. Un repaso por la mirada de los navegantes europeos que desde el siglo el siglo XVI rondarían el Pacífico. Desde la  del capitán Cook, que sería considerado pionero de la etnología, al relato de Bougainville que influenciaría decisivamente en los intelectuales, que reivindicarían y repensarían una condición humana, que a su vez, terminaría en la revolución francesa y las revueltas religiosas en España. También las personalidades de diferentes campos que décadas tras décadas irían arribando al “Paraíso”, escritores como Melville, científicos como Darwin y artistas como Gauguin.

Matías Amengual es argentino, cursó estudios de Filosofía y es un apasionado por la literatura, el Pacífico y el Caribe. Este texto es parte de una serie de artículos del libro inédito “Orquideario”, que pretende conjugar lugares e ideas. No los lugares indómitos del etnólogo, sino el espacio producido, el lugar producto de la configuración de la civilización de consumo: el objeto turístico. Para  poner en relieve los mecanismos e ideas que están en la base de su desarrollo. De esa manera, preguntarnos qué es la resistencia política hoy y sus posibilidades, ante una lógica, tanto de derecha como de izquierda, que amenaza toda la diversidad humana y biológica, homologando y normalizando todo a su paso.  Sobre el Pacífico también versan los artículos “Tahití y diversidad sexual”, “Rapa Nui: el principio racionalizador” y “Pacífico: Fiji, Hawaii y Aotearoa”. El autor también ha publicado un volumen de elegías titulado “Último trabajo de Heracles” bajo el sello argentino Alción Editora, y en Perú por Lustra Editores.

Tahiti Nui

Al parecer el capitán Cook, que había estado en Tahití dos breves periodos un poco entre de la segunda llegada de los españoles, había tenido unas diferencias con el ari’i y protagonizado un grave incidente en el que hubo varios disparos. Los malos entendidos y problemas con los nativos del pacífico, eran frecuentes para Cook. En sus anotaciones siempre hay menciones negativas o relatos donde su falta de tolerancia o comprensión terminan en agitados episodios.[1] Ese carácter determinaría, en gran parte, su increíble muerte en Hawai’i en 1779, cuando al padecer el robo de un bote decide tomar de rehén al rey local, provocando un altercado en la playa con una multitud de nativos que terminaría dándole una violenta muerte para luego devorárselo.

Los tahitianos informaron sobre los ingleses a los españoles que concluyeron que Cook había estado sólo por motivos científicos[2] «conocimos que hizieron algunas observaciones astronómicas», y que durante la estadía habían ocurrido abusos «estando en este trabajo los Yngleses hazian algun daño a estos naturales, y el mayor era quitarles sus mujeres, y cooperar con ellas por fuerza.»

Durante el tiempo que la presencia española se mantuvo en la isla, se impuso un régimen sexual severo «privando del todo la amistad con las mujeres, so pena de cañón.» Además, un estricto régimen sobre los intercambios comerciales, en palabras de Pantoja quien “tratase de cosas deshonestas con dichos naturales, los maltratase, quitase alguna cosa, y le cambiase, no devolviendole lo suficiente en cambio, seria castigado con aquel rigor que según el delito mereciese.” Pantoja también menciona el castigo sufrido por un marinero “por haverlo acusado los yndios que cooperó con una mujer” y que “Esto se supo porque le dio a la Yndia un pañuelo y luego que acabó se lo quitó” causando que la nativa recurriera a los jefes locales y éstos al Capitán español .[3] El suceso causaría una sorpresiva reacción entre los reyes de la isla «Esto los vieron los Eris y les causó una novedad muy grande, dando a entender lo muy contrario que obraron los Yngleses», por lo que, según Pantoja, debieron explicarles las diferencias religiosas entre los católicos y los protestantes. Entonces precisa que el régimen sexual impuesto sería también adoptado por los nativos, colaborando en una eventual persecución « impuestos los Eris y Yndios de este paso asi que en tierra veían hablar a un hombre de los nuestros con una Yndia, decían venían a dar parte a la Fragata».

Pantoja también anota que a pesar de lo licenciosas que podían ser las jóvenes, los tahitianos practican la monogamia. Describe una sociedad muy afectuosa, mansos, que se saludan tomándose de los hombros, que sufren mucho la ausencia y que a la persona que estiman la llaman taio mai tai.[4] Observa que los reyes administran las tierras, y que se le deben tributos que son pagados con comida y ropa para él y su familia; que en la jerarquía del sistema político le siguen los jefes o toofa; que las vestimentas entre reyes y los súbditos son similares. Comercian entre islas, que son muy buenos navegantes y que construyen embarcaciones muy sólidas que pueden albergar muchas personas. Estima que tienen facilidad para los vicios, realizar robos hasta el punto que duermen con sus cerdos por miedo a perderlos y que los reyes pueden comer los ojos de sus enemigos. Adoran un dios mayor Atua, que el recinto religioso es el marae y su sacerdote el tahu’a; que creen en los sueños, en el alma. Una suerte de demonio o alma de los muertos los atormenta, el tupapa’u, que inspiró una de las mejores obras del ciclo polinesio de Gauguin, Manao tupapao, logrando captar una fuerza movilizadora y primitiva proveniente de un mundo mítico ya perdido para el occidental, y que fue exactamente lo que Gauguin fue a buscar en la Polinesia para revitalizar el arte.

Pantoja registra también la diversidad sexual de los tahitianos al mencionar ciertas prácticas observadas en el propio rey Vehiatua.[5]El historiador Francisco Mellén Blanco siguiera que ésta mención es la primera de los europeos sobre la diversa vida sexual de los polinesios, y agrega «Años mas tarde, se repite la historia en Pomare II. La sociedad misionera de Londres recoge en los papeles de sus archivos la vida licenciosa y homosexual del ari’i». Cook y su tripulación, son igualmente testigos de esa diversidad en las islas hawaiianas de Maui y Kaua’i, y sobre todo de las abiertas prácticas del gran rey Kamehameha. Las crónicas de la tripulación de Cook destacan la normalidad con la que los nativos cometen sus actos antinaturales, completamente ignorantes de tal condición; y por su parte Cook sentencia: «Hay una escala en lo disoluto en la que estas personas han ascendido, y que ninguna imaginación podría posiblemente concebir.” Posteriormente los misioneros protestantes y católicos, iniciarán una encarnizada persecución de las tradicionales prácticas y formas de vínculos tanto en Tahití como en Hawai’i para intentar erradicarlas por completo.

El día 7 de Enero de 1775, dos días después de la firma del tratado de cooperación, y luego de haber dejado instalado el personal dispuesto para colonizar, el resto de los españoles prosigue en exploración hacia el oeste por las islas cercanas a Tahití, por el archipiélago islas de la Sociedad.

El 8 de Enero por la mañana, los españoles avistan el atolón de Tetiaroa, con certeza, entre las principales islas más increíbles del planeta. Isla de extrema y sorprendente belleza, santuario de aves y antiguo centro religioso, que perteneció desde tiempos inmemorables a la familia real de Tahití, y que fue cede de voluptuosidad y placeres para la joven nobleza. En 1907 uno de los miembros del linaje real Pomare regaló la isla de sus antepasados. En 1965 fue comprada por Marlon Brando que había quedado deslumbrado por su playa tras grabar unas escenas en Tetiaroa para su película sobre el motín del Bounty. En la actualidad sus descendientes han construido un exclusivo resort que postulan como el primer hotel completamente ecológico, con el curioso lema responsible luxury.

Luego, la expedición española llega a Moorea, muy montuosa y arbolada según Pantoja, y dramáticamente bella como alguna vez la calificaron. Hoy es la segunda isla más visitada y tiene la gracia de ser una especie de resumen de algunas de las otras islas del archipiélago de la sociedad –y con algo de Las Marquesas–, por sus playas de arena negra y blanca, arrecifes, lagoons prístinos y montañas encumbradas.

El 9 de Enero se aproximan a la isla de  Huahine, la salvaje, como reza su mote turístico publicitario. Hoy Huahine es el centro cultural del país y del movimiento independentista tahitiano; por todas partes se puede ver la bandera con cinco estrellas que simboliza los cinco archipiélagos.  Y Junto con la isla Raiatea son las principales sedes del movimiento cultural Ma’hoi que busca recobrar y reivindicar las tradiciones tahitianas, como promover sus estudios.  La isla de Huahine es de geografía intrincada y también montuosa pero con varias  llanuras fértiles. Sus Maraes en ruina han sido restaurados, recobrando para la isla una presencia especial y un espíritu que no tienen todas las islas.

Las cimas de Huahine como las del resto de islas, causan vistas verdaderamente maravillosas; y como ninguna otra isla, sus caminos en altura se encuentran habitados por orquídeas salvajes del cosmopolita género spathoglotis, cuyos pétalos asemejan a lujuriosas lenguas.

Después de Huahine los españoles se topan con la vecina Raiatea y Taha’a. Taha’a es reconocida por producir la mejor vainilla del mundo, motivo porque el cual la denominan isla vainilla. La orquídea de la vainilla fue introducida por los franceses que la importaron desde Filipinas, el Caribe y Mesoamérica, produciendo la variedad tahitensis, que gracias a las excelentes condiciones de la isla resultó la más valiosa, y conjuntamente con la explotación de la perla negra y el turismo, representan las mayores industrias del país.

El 11 de Enero llegan a Bora Bora, el paraíso ansiado. Isla dominada en su centro por el monte Otemanu, rodeado de una inmensa laguna celeste a su vez delimitada por islotes llamados motus, de suaves playas blancas repletas de palmeras. Como círculos dentro de círculos que se van ciñendo, mar, barrera de coral y playa, laguna y en el centro el monte con su abundante verde.  Bora Bora es uno de los mayores símbolos de la representación de lo exótico en la industria del turismo, y al igual que en el tiempo de los navegantes, sigue siendo un lugar de excepción para el amor. En tiempos de la segunda guerra mundial esta maravilla natural fue profanada por el ejercito de la emergente potencia Estados Unidos, que la convirtió en su bastión clave y depósito en el Pacífico Sur; y como remanente de esa ocupación quedaron los caminos que abrieron y la pista de aterrizaje, que sirvieron de base para la posterior explotación turística que la consagró como el paraíso terrenal por excelencia.

Finalmente la expedición retornaría a Perú y al cabo de un año todos los planes españoles terminarían por fracasar. Entre otros motivos, por la resistencia de los nativos a ser evangelizados y la traición de los que fueron educados en Lima y que debían mediar; sumado a numerosas situaciones confusas propiciadas por las diferencias culturales y por varios robos contra la delegación española. Serie de contratiempos que alentaron la inconmovible negativa de los franciscanos a permanecer en la isla. Pero también debido a las reformas que el rey Carlos III comenzaba a emprender enfrentándose con los jesuitas, causando revueltas religiosas.[6] Con la partida de la presencia española en Tahití hacia 1775, se inauguran tiempos de disputa por la influencia entre ingleses y franceses, entre católicos y protestantes –incluso de ambos bandos–, hasta que por fin logran convertir a los tahitianos al cristianismo en 1815.

Tahití y sus islas fueron la representación más cabal del Paraíso para algunos navegantes, paraíso en tanto lugar de placer y de licencia. Y esa misma tensión sexual, en buena parte también alentó en la intelectualidad europea procesos de redefiniciones de la naturaleza humana como su contrapunto, como en Diderot, con las consecuencias de cuestionar los fundamentos de algunas formas legales y sociales; también los fundamentos del poder mismo que se derivaría del Iluminismo.

Si el contacto con América y Oceanía propició procesos en la máquina genealógica en la esfera del pensamiento, en el exotismo en las artes, Tahití fue finalmente equivalida con la representación que ya se tenía de Oriente: lugar ambiguo y de licencia sexual.

 Notas

[1] Cook relata lo sucedido con un ari’i al que descubre robando «Su conducta me había exasperado a tal punto,  que cuando lo tuve a una cierta distancia, le disparé dos tiros de fúsil por encima de su cabeza.»

[2] En efecto, Cook sólo había desembarcado en Tahití con el propósito de medir el paso de Venus.

[3] «se quexó a los Yndios y ellos al dicho Capitán”. Pantoja admite que de igual manera hay prostitución en su país: “estas son como algunas de nuestro reino, que a escondidas de sus maridos suelen hazer sus cambios».

[4] Amigo muy amado.

[5] «En quanto a la lujuria y lascivia, pues tienen el de mamar la natura de los hombres, como se vió abordo con uno de los principales llamado Vejiatua».

[6] Despotismo ilustrado de Carlos III.

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Matías Amengual es argentino, cursó estudios de Filosofía y es un apasionado por la literatura, el Pacífico y el Caribe. Este texto es parte de una serie de artículos del libro inédito “Orquideario”, que pretende conjugar lugares e ideas. No los lugares indómitos del etnólogo, sino el espacio producido, el lugar producto de la configuración de la civilización de consumo: el objeto turístico. Para  poner en relieve los mecanismos e ideas que están en la base de su desarrollo. De esa manera, preguntarnos qué es la resistencia política hoy y sus posibilidades, ante una lógica, tanto de derecha como de izquierda, que amenaza toda la diversidad humana y biológica, homologando y normalizando todo a su paso.  Sobre el Pacífico también versan los artículos “Tahití y diversidad sexual”, “Rapa Nui: el principio racionalizador” y “Pacífico: Fiji, Hawaii y Aotearoa”. El autor también ha publicado un volumen de elegías titulado “Último trabajo de Heracles” bajo el sello argentino Alción Editora, y en Perú por Lustra Editores.

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Tahiti Nui

Fueron los españoles los primeros en establecer una misión colonizadora en Tahití. La misión fue breve y fallida, apenas de un tortuoso año. Sin embargo, a esa truncada iniciativa, debemos los mejores textos sobre los tahitianos del siglo XVIII antes de la colonia.

En 1772 el virrey del Perú[1] alertado por los viajes del capitán Cook, que sugerían posibles planes de colonización inglesa, advierte la necesidad estratégica de establecer nueva presencia en la Polinesia para salvaguardar las colonias americanas, por lo que instruye dos misiones hacia Tahití, una ese mismo año y otra dos años después, en 1774.

La primera expedición partió en septiembre de 1772 desde las costas peruanas bajo la orden de reunir información sobre el terreno y su potencial para futuros emprendimientos, junto con recolectar datos sobre los nativos y sus costumbres, además de establecer óptimas  relaciones con ellos.

Los españoles desembarcaron en el poblado de Tautira, en la costa de Tahití –Otajiti para los nativos–, y fueron recibidos cordialmente, como de costumbre[2]. La misión resultó positiva y comprobaron satisfactoriamente que no había presencia inglesa; y para completar el material reunido para presentar al Virrey, llevaron consigo de regreso a Perú cuatro tahitianos, de los que sobrevivirán sólo tres, que serían  bautizados en una gran ceremonia, educados como españoles y alojados en aposentos palaciegos.[3]  

La segunda misión en 1774, zarpó con dos consignas: primero depositar un grupo de colonos en la isla para establecerse permanentemente, y luego de construirles un recinto y de dejarles provisiones, proseguir en navegación exploratoria por las islas cercanas a Tahití y retornar a Perú.

Entre la tripulación viajaba el grupo asignado compuesto por dos franciscanos que evangelizarían, un ayudante general, los aborígenes educados en Lima –que debían cumplir ahora el papel de agentes imperiales–, y un novel interprete peruano llamado Máximo Rodríguez, que en Rapa Nui había adquirido el manejo del maorí.

Fruto de esa experiencia de un año, Máximo Rodríguez escribirá en un diario el mayor y más antiguo testimonio disponible sobre las costumbres y ritos de los tahitianos[4]. Los frailes por su parte anotarán cosas más referentes al paganismo y sobre todo a las complicaciones sufridas durante la estadía, como reiterados robos y peleas. También sumarán valiosos datos los relatos de los navegantes de mayor rango en sus respectivos diarios; y una detallada crónica de un alférez llamado Juan Pantoja, con observaciones a veces distantes, sin descripciones paradisíacas pero con conclusiones y juicios muy directos sobre los nativos, en sentido similar al que ya se había expresado mucho tiempo antes Montaigne, Pantoja sentencia: «Creo que no se les debe llamar bárbaros, en todo, sino solo el que no amen nuestra religión».[5]

Las órdenes eran rigurosas: evangelizar, anexar la isla, someter gradualmente, mantener las relaciones cordiales, respetar las pertenencias y sobretodo no tener sexo, lo que causaría gran sorpresa entre las nativas que habían causado estragos entre los franceses e ingleses, y algunas violaciones por parte de éstos.

Pantoja refiere que las tahitianas deliberadamente seducían a la tripulación[6] y que al no recibir respuesta por parte de los españoles –bajo amenaza de castigo–, relata que éstas «se quitaban las mantas y en cueros comenzaban a bailar» tomando la iniciativa ante la indiferencia, y concluye que «por esta libertad de conciencia, tanto hombres como mujeres, padecen muchas enfermedades» y observa un implacable régimen sobre quien se sabe padece alguna enfermedad «le quitan el pelo, les rapan las cejas y luego la hechan al monte», ignorando que padecían las enfermedades introducidas por los propios europeos en  sus sucesivas expediciones.

Uno de los principales ari’i (rey) de la isla, llamado Vehiatua, aceptó albergar la misión luego de deliberar algunas horas con sus jefes locales. Conforme a su dedición, se elaboró un texto traducido al tahitiano por Máximo Rodríguez, donde se acuerda la cooperación mutua y la protección española, y se celebra el correspondiente tratado entre las autoridades españolas y locales[7]. Pantoja refiere que la conformidad por parte de los tahitianos se debe al deliberado buen trato con el que se manejaron las dos misiones: «respondieron que si, respecto a que haviamos estado en el año 72 y que no se les havia echo daño y que queríamos ser sus amigos», y destaca esa determinación en concordancia con la habitual cordialidad de los tahitianos «Todo esto que ellos disen es verdad, porque nuestro Comandante se esmera en eso que no de les haga daño».

Pero otras razones también favorecieron esa alianza estratégica de cooperación y protección, no sólo porque los tahitianos periódicamente mantenían guerras con la isla vecina de Moorea, sino que también eran temerosos de los ingleses.

Notas

[1] Con la consolidación de las colonias americanas, serán éstas las protagonistas de las expediciones en nombre del Imperio español, y por los tanto el frente estratégico ante el avance y disputa colonial de las demás naciones europeas.

[2] A Tautira llegaría también, más de un siglo después en 1888, Robert L. Stevenson, que después de una corta estadía escribiría que los tahitianos son «el pueblo más amable del mundo». Y antes, en 1835, Darwin había definido a los tahitianos como la población indígena mas hermosa y sana.

[3] La tradición de embarcar nativos y podían ser expuestos en exhibición o incluso podían volverse verdaderas celebridades entre los círculos más destacados, y hasta gozar un poco de sus privilegios.

En 1773, un nativo llamado Omai fue llevado por Cook a Londres donde se integró a la corte del rey Jorge III, hasta que fue devuelto a su isla tres años después, luego de haber conocido los salones de baile, la opera, estimulado la imaginación de los círculos artísticos y hasta haber inspirado una obra de teatro.

Por su parte Bougainville había llevado consigo a París a otro tahitiano de nombre Aotourou, que moriría de regreso a su isla, al igual que muchos de los nativos embarcados debido a enfermedades a los que nunca antes habían estado expuestos.

Mucho tiempo antes a las expediciones del silgo XVIII, en el siglo XVI, Montaigne ya había gozado de la presencia directa de tres aborígenes tupinambá del Brasil, encuentro que le permitió documentarse para sus ensayos.

[4] Se destaca también la obra  Ancient Tahiti de Teuria Henry, que fue consagrada como la de mayor relevancia y que recopila mucha  información recolectada por su abuelo y su padre, pertenecientes a la Sociedad Misionera de Londres.

[5] Montaigne había propuesto sobre el contraste entre los europeos y los aborígenes  «no hay nada bárbaro o salvaje en aquella nación, según lo que me han contado, sino que cada cual considera bárbaro lo que no pertenece a sus costumbres». Tiempo después de Pantoja, Darwin escribiría destacando la inteligencia de los tahitianos, que  «no es posible imaginas que sean salvajes».

[6] «no tienen dificultad de dar su cuerpo a qualquiera que llega y con tanto extremo que ellas vienen a solicitar a los nuestros, como sucedió infinitas vezes, y para esto vienen en vandos».

[7] En su arribo a Nuku Hiva, Melville es testigo de la ocupación francesa de las Marquesas. En Typee relata la entrevista entre el almirante francés Du Petit Thouars y un ari’i local «El almirante se acercó con la cabeza descubierta y la mano extendida, mientras el viejo rey lo saludó con un impresionante movimiento de su lanza. Al instante después se pararon uno al lado del otro, estos dos extremos de la escala social: el educado y esplendido francés y el pobre salvaje tatuado. Ambos eran altos y nobles».

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El presente texto despliega una breve historia de la representación de Tahití en la literatura occidental y las diversas consecuencias históricas, políticas y culturales, que se inició con el contacto de la Polynesia posterior al “descubrimiento” de América. Un repaso por la mirada de los navegantes europeos que desde el siglo el siglo XVI rondarían el Pacífico. Desde la  del capitán Cook, que sería considerado pionero de la etnología, al relato de Bougainville que influenciaría decisivamente en los intelectuales, que reivindicarían y repensarían una condición humana, que a su vez, terminaría en la revolución francesa y las revueltas religiosas en España. También las personalidades de diferentes campos que décadas tras décadas irían arribando al “Paraíso”, escritores como Melville, científicos como Darwin y artistas como Gauguin.

Matías Amengual es argentino, cursó estudios de Filosofía y es un apasionado por la literatura, el Pacífico y el Caribe. Este texto es parte de una serie de artículos del libro inédito “Orquideario”, que pretende conjugar lugares e ideas. No los lugares indómitos del etnólogo, sino el espacio producido, el lugar producto de la configuración de la civilización de consumo: el objeto turístico. Para  poner en relieve los mecanismos e ideas que están en la base de su desarrollo. De esa manera, preguntarnos qué es la resistencia política hoy y sus posibilidades, ante una lógica, tanto de derecha como de izquierda, que amenaza toda la diversidad humana y biológica, homologando y normalizando todo a su paso.  Sobre el Pacífico también versan los artículos “Tahití y diversidad sexual”, “Rapa Nui: el principio racionalizador” y “Pacífico: Fiji, Hawaii y Aotearoa”. El autor también ha publicado un volumen de elegías titulado “Último trabajo de Heracles” bajo el sello argentino Alción Editora, y en Perú por Lustra Editores.

Tahiti Nui

Agamben denomina maquina genealógica al proceso que sucesivamente define y redefine la concepción de naturaleza humana, y en esa reconfiguración, también el lugar que ocupa la razón y el derecho; reconfiguraciones en esta etapa del humanismo en tránsito entre los términos salvaje malo/ civilizado bueno, salvaje bueno/ civilizado malo.

El relato de Bougainville acabaría por causar una replica por parte de Diderot, titulada Suplemento al viaje de Bougainville, donde a través de diálogos reformula la idea del buen salvaje, y considera que los «vicios y virtudes están contenidos por igual en la naturaleza» pero manteniendo la idea que los tahitianos persistían más consustanciados con la bondad o una mejor legislación por su cercanía al orden  natural.

Diderot hace en el Supplément una zoología del hombre rescatando aquello que lo emparienta en comportamiento con los animales, con el fin de postular los beneficios de  una moral con fundamentos naturales.[1] En su texto, Diderot pone a afirmar a uno de sus personajes –el tahitiano Orou– que la condición de lo bueno verdadero está en tanto se apega al orden natural «de las cosas y las acciones», en la que los tahitianos afortunadamente permanecían mientras los europeos se complicaban en su artificialidad [2], por lo tanto la barbarie de los tahitianos era «menos viciosa» que la europea pero no menos exenta de algunos males.

Desde Montaigne, que había sido testigo de la salvaje matanza entre católicos y protestantes en la Francia del siglo XVI, se abre esa nueva perspectiva donde a través del otro salvaje se aborda al mismo civilizado para poder medirlos y hasta denunciar la barbarie propia. Pero es también la concepción de la Naturaleza, un trasfondo crucial que atraviesa todo el proceso; porque la identidad de lo natural es lo que sostiene las posibles concepciones de la identidad humana. De manera que así se verifica también la legitimidad o ilegitimidad de lo considerado; por ejemplo con Diderot el fenómeno del matrimonio, en tanto está excluido de la esfera de lo natural o no.

Aparte de la colonia como forma política de dominación, otra de las consecuencias de la expansión  económica de Europa, es que ese viaje mismo propiciaría un relativismo cultural que terminará por socavar los fundamentos del poder de las propias monarquías que promovieron esa expansión, con su posterior caída ante las masas civiles emergentes.

Finalmente, quien terminará de consagrar a Tahití en el lugar de Paraíso, es la novela autobiográfica de Pierre Loti Le Mariage de Loti o Rarahu, publicada en 1880 –casi un siglo después de acontecida la revolución francesa–, y que fue un éxito contundente de decisiva influencia en la esfera del arte.

Loti había confesado que la ambición de su infancia era llegar a Tahití, promovido por grandes relatos: lo que en su imaginario y en el de algunos círculos de su época estaba en el aire, parece poder encarnarse, hacer coincidir la experiencia con el sueño; o en su eventual imposibilidad, como en buena parte de poetas simbolista, como en Una temporada en el infierno de Rimbaud.

Las bodas de Loti narra el romance de un oficial inglés con una hermosa nativa llamada Rarahu, con el trasfondo donde los tahitianos son vistos como infantes en contraste a una Europa adulta[3]; los personajes, las escenas y diálogos, fueron basados en experiencias reales de Loti que había apuntado en su diario de viaje, por lo que la critica destacó su realismo. Sin embargo Rarahu nunca existió como tal, pero según el autor, esa singular joven nativa era un resumen de todas las tahitianas con las que había mantenido relaciones durante su breve estadía.

El viaje crítico que se había iniciado con Montaigne se diluía con Loti en un regocijo por el encanto imperial a medida que ya no iría quedando rincón en el planeta por someter. Los siguientes títulos de Loti, serán todos ambientados con ese exotismo peculiar, en diversos y distantes rincones como Islandia, Japón, Turquía, etc. En 1889, nueve años después de la publicación de Le Mariage de Loti, Francia oficializaría su régimen político sobre todo el conjunto de archipiélagos tras algunos años de ocupación colonial.

Notas

[1] «¡Qué breve sería el código de las naciones si se conformara rigurosamente al de la naturaleza!». De esta manera Diderot expresa la pretensión de un código moral deducido del código natural.

[2] Montaigne mucho tiempo antes ya se había expresado en Des cannibales sobre la dimensión artificial europea «Tan salvajes son como los frutos a los que e llamamos salvajes por haberlos producido la naturaleza por sí misma, y en su normal evolución: cuando en verdad, mejor haríamos en llamar salvajes a los que hemos alterado con nuestras artes, desviándolos del orden común».

[3] «Los años trascurren para los tahitianos en una desidia absoluta y un sueño perpetuo, y estos grandes niños no sospechan que en nuestra bella Europa tantas pobres gentes se agotan para ganar el pan del día».

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Matías Amengual es argentino, cursó estudios de Filosofía y es un apasionado por la literatura, el Pacífico y el Caribe. Este texto es parte de una serie de artículos del libro inédito “Orquideario”, que pretende conjugar lugares e ideas. No los lugares indómitos del etnólogo, sino el espacio producido, el lugar producto de la configuración de la civilización de consumo: el objeto turístico. Para  poner en relieve los mecanismos e ideas que están en la base de su desarrollo. De esa manera, preguntarnos qué es la resistencia política hoy y sus posibilidades, ante una lógica, tanto de derecha como de izquierda, que amenaza toda la diversidad humana y biológica, homologando y normalizando todo a su paso.  Sobre el Pacífico también versan los artículos “Tahití y diversidad sexual”, “Rapa Nui: el principio racionalizador” y “Pacífico: Fiji, Hawaii y Aotearoa”. El autor también ha publicado un volumen de elegías titulado “Último trabajo de Heracles” bajo el sello argentino Alción Editora, y en Perú por Lustra Editores.

Tahiti Nui

 Tahití Nui

Tahití Nui se encuentran en el centro del triángulo polinesio, con sus vértices en Hawai’i por el norte, Rapa Nui (Isla de Pascua) al sureste y Aotearoa (Nueva Zelanda) en el suroeste. Es sin lugar a dudas uno de los archipiélagos más fascinantes del pacífico y del planeta, y lo más cercano a cómo el imaginario concibe al Paraíso: luminosas playas, ríos, cascadas, volcanes extintos, lagunas cristalinas, cimas que ofrecen magníficos paisajes, jardines de coral con gran diversidad marina, incluyendo rayas y tiburones amigables, vegetación abundante y muy generosa en frutos comestibles. Pero sobre todo y lo que siempre se suele destacar de la bondad de estas islas, es la falta de peligro hacia la vida humana por la inexistencia de depredadores. Con excepción del ocasional canibalismo que solían practicar los antiguos polinesios contra sus enemigos.

La serie de islas es variada y de origen volcánico, muy montuosas y rodeadas de anillos coralinos que forman apacibles lagunas e islotes repletos de palmeras; pero también por islas que en vez de elevarse sobre el nivel del mar se hundieron formando terrenos llanos igualmente circundados por arrecife y lagunas, denominadas atolones.

La división geográfica del conjunto las distingue en cinco grupos de archipiélagos[1], los más importantes son las islas Marquesas –de salvaje belleza que cautivó Gauguin–; y el archipiélago islas de la Sociedad, el más visitado y que contiene a la isla Bora Bora, posiblemente el destino turístico más anhelado del mundo; también a Tahití que es la isla más grande de todo el archipiélago y que a su vez es sede para la capital política del país, Pape’ete.

Se cree que los primeros habitantes comenzaron a poblar las islas del triángulo polinesio en entre el 3000-2000 a.C., procedentes de Samoa y Tonga, que conjuntamente fueron el centro cultural del Océano Pacífico; llegando unos siglos después a los extremos orientales en Hawai’i y Rapa Nui y por último a Aotearoa[2].

Si se considera a los que sugieren que hace 6000 años a.C. las grandes masas continentales del planeta ya habían sido colonizadas por el hombre, la lenta y progresiva migración por el Pacífico es una de las más recientes conquista de los homínidos que decenas de milenios atrás partieron de África para desembocar en estas playas. A su vez todos estos primeros habitantes del Pacífico llegaron provenientes de Asia, hacia las islas de Melanesia primero, para seguir hacia la Polinesia central en sus canoas, con sus animales de sacrificio, para alimento y también con los domésticos; llegaron junto con algunos insectos y crustáceos que quizá arribaron a las mismas islas en su propio periplo, naufragando sobre algún coco arrastrado por las corrientes o escondidos entre las canoas.

Casi simultáneamente mientras la especie humana terminaba de poblar el planeta, comenzaba a contactarse y reconocerse por la otra aventura iniciada por los europeos en su expansión económica.

En 1513 pasada dos décadas después que Colón llega a América, Núñez de Balboa con la asistencia de aborígenes panameños, avista el océano Pacífico y lo llama “Mar del Sur”. En 1521 Magallanes arriba por primera vez a islas de Tahití Nui, luego en 1568 Álvaro de Mendaña entre otros. Todas expediciones españolas motivadas por necesidades estratégicas y también inspiradas por creencias en tierras generosas y paradisíacas.

Como dice Alonso Ibarrola en su libro Tahití y sus islas  «Decir Tahití es referirse a un ‘mito’ creado por los primeros navegantes españoles». Esas expediciones españolas serían continuadas un tiempo después por expediciones de las demás naciones europeas en plena competencia imperial, que a su vez acrecentarán más una dimensión mítica con sus propios relatos.

En 1722, el holandés Roggeveen arriba a Bora Bora y el inglés Wallis encuentra la isla de Tahití en 1767. Al año siguiente, en 1768, el francés Boungainville llega también a Tahití y la reclama por primera vez para Francia; la bautiza con el sugerente nombre de Nouvelle Cythère en honor a la diosa del amor Afrodita, tal vez debido a la libertad sexual que experimentaron los tripulantes con las tahitianas, agregando una cuota importante a la imagen de paraíso erótico, del que también gozarían nuevamente los ingleses al año siguiente, en 1769 –ya con el célebre capitán Cook al mando– y que habían ya gozado el año anterior con Wallis.

Bougainville, describe en su libro Viaje alrededor del mundo una particular visión: «Las piraguas estaban repletas de mujeres que a juzgar por lo agraciado de su aspecto, no resultan inferiores a la gran mayoría de las europeas. Incluso en virtud de la belleza de su cuerpo, podrían rivalizar con todas ellas y llevarles la delantera. La mayor parte de estas ninfas estaba desnuda» y luego de relatar los insinuantes gestos de las tahitianas, aclara que  los propios varones tahitianos –a los que califica de más libres– eran los que les invitaban a elegir una para poder consumar; entonces, el capitán francés interpela a su lector «¿cómo mantener trabajando a cuatrocientos jóvenes marinos franceses que desde hace seis meses no han podido ver una sola mujer?»

Realidad mítica erótica que terminaría por encarnarse catastróficamente en 1789 con el legendario motín del navío inglés Bounty, que debía extraer de Tahití algunos ejemplares del uru o árbol del pan, árbol frutal muy generoso, que planeaban serviría de alimento barato para los esclavos africanos y aborígenes en las colonias del Caribe; misión que los marineros se negaron a completar después de haber permanecido unos meses en Tahití, seducidos por placeres y un futuro más apacible, que llevó al primer oficial y varios marineros a sublevarse contra el capitán, negándose a abandonar el paraíso reencontrado. Acontecimiento que conmocionó tanto, que inspiró polémicas y varios títulos entre libros, y algunas películas ya en el siglo XX. Un drama que se volvió nutriente para el tópico que representa un navío en medio del mar amorfo, como metáfora de un microcosmos con leyes propias en un universo sin sentido, trasfondo recurrente en la literatura sobre los Mares del Sur.

Sobre lo ocurrido con el Bounty, Julio Verne –que se destacaba por sus ficciones– publica en 1879 Los amotinados de la Bounty basada en los hechos reales recogidos de las actas de juicio celebrado contra algunos amotinados capturados. Pero quizá quién mejor haya plasmado la tensión entre el deseo y la ley, es el Billy Budd de Melville, publicado en 1889.

Melville en su juventud experimentó en carne propia las intrigas dentro de los barcos y la vida en la Polinesia, y fue uno de los primeros grandes escritores en escribir sobre los Mares del Sur. Su primer libro, el relato autobiográfico Typee, publicado en 1846, tuvo un gran éxito, que sólo sería superado por la posterior aparición de Moby Dick.

Typpe narra la aventura de Melville junto a un amigo entre tribus del archipiélago Las Marquesas, cuando a sus veintidós años, decide desertar del barco pesquero para el que trabajaba, adentrándose en una isla donde convive con supuestos caníbales que amablemente lo hospedan pero que misteriosamente lo retienen; motivo que lo fuerza a escapar nuevamente en otra embarcación, en la que finalmente protagonizará su propio motín hasta terminar preso unos meses en Tahití.

Melville logra amortiguar todo el carácter delictivo de su aventura justificando las profundas razones que lo llevaron a desconocer el orden. Además de las injusticias perpetradas por sus superiores, otro poderoso motivo que lo llevó a fugarse, eran las ninfas nadadoras. Al igual que el capitán Bougainville es sorprendido por una inesperada visión cuando los nativos de la isla Nuku Hiva, que habían salido a recibirlos en sus canoas, le señalan un extraño tumulto en el agua. Melville escribe: «Al principio creí que era ocasionado por un banco de peces que jugueteaba en la superficie, pero nuestros salvajes amigos nos aseguraron que era un grupo de juijenis [3], que procedente de la costa a nado, venían a darnos la bienvenida.» Agrega, también, que las confundió con sirenas, y cuando finalmente ellas abordan el barco, subyugado, las describe bellas y felices, y «de extrema juventud, la piel bronceada, los rasgos delicados y figuras indescriptiblemente agraciadas, sus piernas de suaves líneas y sus movimientos naturales, parecían tan extraños como bellos.» Entonces, exactamente igual que Bougainville, inquiere «¿Cómo evadir tamaña tentación?» Y si el lector cree que Melville ha finalizado, lejos de eso, la escalada continua hasta el estremecimiento cuando llegada la noche las juijenis brindan su tradicional danza: «estas mujeres sienten pasión por la danza y la gracia y el espíritu salvaje del estilo sobrepasan todo lo bello experimentado por mi hasta entonces.», y finalmente concluye «No se interpuso la más tenue barrera entre las profanas pasiones de la tripulación y el ilimitado placer de ellas.»

Es el libro de Bougainville, publicado en 1771, tres años después de haber estado en Tahití, el relato de influencia capital sobre el imaginario popular –y sobre todo en la intelectualidad francesa–, y un precedente real para la literatura de aventura en ultramar que el siguiente siglo alcanzaría su cúspide en Melville, London, Stevenson y Conrad.

 El capitán Bougainville describe Tahití creyendo que la descubrió, ignorando que el año anterior había sido ya alcanzada por el inglés Wallis. Su descripción sobre el paradis polynésien es el gran responsable de excitar a los franceses «me creía transportado en el jardín del Edén» escribe alucinado, y retrata a los tahitianos como personas felices e inocentes «en todo lugar veíamos reinar la hospitalidad, el respeto, una dulce alegría y todas las apariencias de la felicidad». También Cook en sus diarios se había expresado en forma semejante «No creo que haya bajo el sol pueblos más felices ni que tengan motivos de serlo que las gentes que habitan estas islas».[4]

El libro de Bougainville tuvo gran impacto y se podía tomar como indicios sobre la tesis del “Buen Salvaje” que sostenía que el hombre en estado natural es bueno, o bueno por naturaleza antes de ser corrompido por la sociedad. Tesis que tenía su mayor exponente en Rousseau, que polemizaba con la precedente afirmación de malo por naturaleza de Hobbes. Controversia, que ya había comenzado mucho tiempo antes, en el siglo XVI con Montaigne, en su ensayo Des cannibales [5], cuando las noticias que llegaban de los aborígenes americanos aún eran frescas y contradictorias.

Montaigne, junto a Fray Bartolomé de las Casas, a causa del contacto con los aborígenes americanos, inician una nueva etapa humanista hacia fines del Renacimiento y durante gran parte del periodo de la Ilustración, ante la emergencia de tener que reflexionar sobre el otro y el mismo.

Notas

[1] Entre los cinco archipiélagos existen tanto diferencias culturales como en sus respectivos dialectos, pero todos los habitantes del país, y del centenar de islas del triángulo polinesio, comparten una  misma procedencia.

[2] Entre el siglo XI y XVI d.C.

[3] Jóvenes muchachas.

[4]  Esta aparente felicidad total, la refleja también o el naturalista Joseph Banks a bordo del navío Endeavour capitaneado por Cook, al referirse «Así es como viven estas gentes, a punto he estado de decir  felices»

[5] Montaigne en Des cannibales mide a los aborígenes americanos que devoran a sus enemigos con los europeos que se permiten proceder en forma similar o peor, contra gran parte de la humanidad en nombre de valores absolutos.

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