Diario de un viaje al río Sepik, Papúa Nueva Guinea (III)

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DIARIO DE UN VIAJE AL RÍO SEPIK  Papúa Nueva Guinea

Día 3. Bioga – Kagine – Bitara

Poco después de iniciar nuestra nueva jornada ya navegamos por el río April que aquí se hace algo más estrecho y el paisaje que se nos presenta es más atractivo que él del día anterior. Llama la atención la cantidad y diversidad de aves que observamos al pasar unas, las más asustadizas, levanta el vuelo ante el paso de nuestra canoa, otras parecen no darse por aludidas y permanecen inmutables en sus actividades de pesca, sobre todo los grandes hurones grises que con sus largos picos arponean los peces que se guarecen a la sombra que proyectan estas inmóviles aves.

En un recodo del río aprecio la presencia de unas mujeres que preparan el sago. Hago señales al motorista para que dirija la embarcación hacia donde se encuentran las mujeres que, al vernos acercar, se esconden discretamente sin quitarnos el ojo. El robo de mujeres no es una novedad en esta región del alto Sepik. Con cautela y por medio del intérprete les hacemos saber que lo que queremos es verlas trabajar y observar cómo se prepara el sago.

Una vez  establecida la confianza, una de ellas me dice “Salsak i gutpela kaikai” ( el sago es una comida buena). Cuál sería mi sorpresa al observar que algunos de los instrumentos y azadas empleadas en estas operaciones tienen punta de piedra y no de metal, más concretamente de obsidiana y basalto. Tengo la sensación de haberme trasladado a la edad de piedra en tan solo unas minutos. La harina de sago se obtiene de una palmera que crece en zonas pantanosas y su médula, la parte fibrosa interior, una vez machacada se lava abundantemente con agua del río para extraer una fécula que contiene y que constituye el sago, el alimento de base de esta zona de Papúa. Después de este encuentro seguimos viaje hacia Bitara. Observamos la presencia de águilas pescadoras que con su pecho inmaculadamente blanco nos observan impasibles a corta distancia. La vegetación es más espesa, formado un muro casi vertical en los márgenes del río que, en este lugar, describe meandros bastante pronunciados y donde la corriente se hace más fuerte en los recodos lo que obliga a reducir la velocidad de la canoa para incrementarla una vez pasado el recodo del meandro. Llama la atención, por sus agudos chillidos y por el gran tamaño los zorros voladores, una bandada de estos murciélagos gigantes levanta el vuelo a nuestro paso. Uno de los papúes que nos acompañan me indica por gestos que son excelentes para comer. La degustación de  la carne de uno de esos mamíferos voladores me recuerda al sabor y consistencia de la carne de conejo.  Durante la aproximación Bitara ya se pueden observar las cimas de las montana de la cordillera central cubiertas de brumas que dan un aspecto aun más misterioso a esta zona alta del rio Sepik.

Una vez desembarcados en Bitara el jefe del poblado llamado Mark, cuyo extremo de la nariz muestra dos agujeros donde insertan plumas de aves del paraíso que lucirán en los Sing sing ( danzas y festividades), nos recibe y nos conduce a un guesthouse en el cobran seis Kina  [2]  por persona y noche. Unas hojas vetustas arrancadas de la revista Paradise, editada y distribuida gratuitamente por la compañía aérea local Air Niuguni, tratan de decorar la puerta de entrada sin conseguirlo. Me pregunto cómo habrán llegado esa revista hasta aquí. La gente de esta zona remota del Sepik tiene poca cosa y únicamente el contacto con el mundo exterior se limita a lo que puede llegar por el cauce del río. El jefe Mark me pregunta quién ganó las últimas elecciones que tuvieron lugar hace tres años. La presencia del concepto de Estado en esta zona es difusa y ambigua, por no decir inexistente.  Muchos de sus habitantes no han salido nunca, ni saldrán en su vida, de este lugar.

Dejamos los equipajes en Bitara y vamos de visita a Kagine, un poblado que  se está desplazando a lo alto de una colina para evitar los desastres que provocan las periódicas las crecidas del rio. Aquí y con la ayuda de los locales provistos de sus arcos y flechas hacemos un incursión en la espesura de la selva lo que nos permite hacernos una idea de la frondosidad y de las dificultades que supone andar por esta inmensidad verde. Al preguntar cuál es la razón por la que los nativos que nos acompañan llevan sus arcos y flechas, me responden que para protegernos, lo que suscita una segunda pregunta: “¿protección contra los animales?”, la respuesta que recibo, expresada con un todo de naturalidad es : “no, no contra animales sino, contra otros tribus que habitan la zona”. La respuesta me deja de piedra.

Observamos numerosas especies vegetales y llama la atención la falta de flores en todo el trayecto de más de dos horas de marcha, en la que nuestro cocinero aprovecha para recoger una hojas frondosas que cocidas con el omnipresente arroz que harán parte de nuestra cena. Hay que prestar especial atención a las serpientes, garrapatas y sanguijuelas que abundan en esos ecosistemas húmedos, por lo que el pantalón largo introducido en los calcetines y camisa con mangas hasta las muñecas son preceptivos. Los mosquitos son una autentica plaga y cada unos de nosotros lleva una nube de natnats o mosquitos revoloteando y picando a través de la ropa a destajo, lo que provoca cómicos gestos para evitar ser acribillado.

Regresamos a Bitara donde hacemos algunos regalos a los locales. Las mujeres, la mayoría tatuadas en la cara, aprecian sobremanera las pastillas de jabón y las agujas de coser. Los hombres el tabaco y las cerillas. Observamos la cantidad de adultos, y sobre todo niños, con problemas de piel muy probablemente originados por carencias alimentarias. Se aprovecha el resto de la tarde para lavar algo de ropa, asearnos en el río o jugar con las cacatúas domesticas que levantan su cresta amarilla al ser acariciadas. La noche rebosa de vida y los sonidos del día se acallan y son sustituidos por los de la fauna nocturna. Hoy hay luna llena.

[2] Moneda nacional de Papúa Nueva  Guinea

Diario de un viaje al río Sepik, Papúa Nueva Guinea (IV)

Juan Carlos Rey,  autor de este articulo,  fue embajador de la Unión Europea en Papúa Nueva Guinea y las Islas Salomón,   residió  en  Melanesia por más de cuatro años, hecho que le permitió  viajar extensamente por las Islas del Pacífico, de forma particular por la Melanesia. Es autor de `Arte y Cultura de Melanesia, objetos de una colección´  , libro, en  edición trilingüe (español, francés e inglés),  que  presenta una muestra de 87 fotografías inéditas con la descripción y la catalogación de otros tantos objetos pertenecientes a la colección del autor y procedentes de Vanuatu, Papúa Nueva Guinea y las Islas Salomón.

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