Diario de un viaje al río Sepik, Papúa Nueva Guinea (II)

 

Sepik

DIARIO DE UN VIAJE AL RÍO SEPIK  Papúa Nueva Guinea

Día 2. Wewak – Ambunti – Yessan – Swagup – Bioga

El piloto, un papú sin muchas simpatías, revisaba concienzudamente la pequeña aeronave de seis asientos, incluido el piloto. Cada pasajero era pesado con su equipaje, pero el peso total no debió estar bien contabilizado, pues una vez todos los pasajero, piloto y equipajes embarcados, la avioneta se inclinó hacia atrás dejando la rueda delantera en el aire y el morro y hélice levantados mirando al cielo, cosa que disgusto sobremanera al ya molesto piloto. Hubo que descender del aparato y recalcular el peso del pasaje y de la carga e inflar las ruedas. El problema era evidente, el avión iba sobrecargado y la solución a esta situación consistió en que un pasajero voluntario se ofreció para quedarse en tierra con su modesto equipaje, que consistía en unos cestos confeccionados con hojas de palmera que contenían unos cuantos yames y otras pertenecías. La apreciación del tiempo y de la prisa para viajar en Papúa es relativa y dista mucho de la que podemos tener en nuestra sociedad occidental. Una fuerte dosis paciencia se impone si no se quiere terminar con un amago de infarto o con problemas de relación, que fácilmente puede degenerar en violencia, con los locales. El viaje desde Wewak hasta Ambunti fue rápido, unos 35 minutos volado a 4.000 pies y “a ojo”. Ya a esa hora, las 9 de la mañana, se comenzaban a formar rápidamente nubes debido a la condensación de la evaporación producida del bosque infinito, a perdida de vista, que sobrevolábamos. El piloto descendía de vez en cuando por debajo de las nubes para orientarse y vislumbrar, entre las brumas matinales que se dispersan entre la inmensa masa arbórea, algún accidente geográfico que normalmente era un rio o un meandro abandonado, que le sirviera de referencia y así afinar su rumbo, pues el avión carecía de GPS. Era evidente que el piloto conocía la región. Para mí, que ocupaba el puesto del copiloto, el paisaje que discurría a mis pies no era mas era una inmensa alfombra de variopintos colores verdes que se perdía en el horizonte. Desde el aire no se apreciaba ningún claro en la tupida vegetación y me preguntaba cual sería la alternativa en caso de una avería del motor, en el caso que la hubiera. Muchos aviones han desaparecido para siempre, sin dejar rastro, al estrellarse en las densas selvas de melanesia. A las 9,30 aterrizamos en la pista de hierba de Ambunti cuya cabecera de la pista empieza en el mismo rio Sepik que ya se encarga de erosionar algún que otro metro de pista en cada una de sus crecidas. Dos papús, Philip y Aiven, los que serian nuestros barqueros, guías, cocineros, porteadores y interpretes ( en la cuenca del Sepik se hablan más de 200 lenguas distintas, por lo que el Tok Pisin o Pidgin English sirve de lengua vehicular y permite comunicarse con las diferentes tribus que habitan a lo largo del rio), estaban esperándonos y con una gran sonrisa nos dieron la bienvenida, trasladándonos al Lodge de Ambunti, situado a orillas del rio, donde John, el cocinero, preparaba el desayuno para un grupo de voluntarios del WWF, al que nos sumamos, iniciando una conversación sobre los desafíos y difícil equilibrio entre la explotación y conservación de los recursos naturales y el desarrollo humano de las poblaciones que habitan la cuenca del río. Un cráneo de cocodrilo de gran tamaño sobre una mesita decora, junto a un “carving” o estatua trabajada en madera, el austero restaurante.

Con el mapa en la mano damos un repaso al itinerario que seguirá de nuestro periplo que a grandes rasgos se resume en: primero una incursión por el alto Sepik, la parte del rio menos conocido y frecuentado por los viajeros, seguido de un recorrido por el Sepik medio para terminar en Angoram.

Aquí ya empezamos a sentir la realidad del rio Sepik, que resumiría como “inmensidad, mosquitos, humedad y calor”, siempre por este orden.

Ese mismo día podemos observar cual será nuestra embarcación. Se trata de una piragua monóxila tallada en un tronco de árbol de unos 15 metros de longitud por un metro de anchura y que dispone de un pequeño motor fuera borda de 15 caballos. La piragua no tiene techo que pueda dar sombra y donde cobijarse tanto del sol como de la lluvia. La elección de la estación seca para este viaje había sido elegida cuidadosamente – Julio – para evitar la época lluviosa, en la que el río alcanza cuotas que lo sacan de su cauce y un caudal que imposibilitaría un viaje en tal frágil embarcación. Esta forma de viajar está en el término opuesto de las comodidades que ofrece el Melanesian Discovery, un barco de lujo que pasea a ricos turistas que desde detrás de sus ventanales y con aire acondicionado disfrutan del paisaje distante que les ofrece el rio, son indiferentes a “sentir, oler y saborear” las autenticas sensaciones que ofrece este remoto lugar, perdido en el tiempo y en la distancia.

Una vez embarcado los equipajes, comida y enseres de cocina, un barril de 200 litros de gasolina, y sin otra mayor comodidad que unas sillas de ratán, iniciamos el viaje corriente arriba. La primera impresión se concentra en los sentidos de la vista y olfato… el agua de color barro y un olor característico a río, pero no a los ríos que conocemos, sino él de un rio que arrastra toneladas de materia en suspensión y descomposición, tanto orgánica como mineral, es una sensación nunca experimentada hasta ahora. Al poco de iniciar la singladura nos cruzamos con una pequeña isla viajera, que cargada de vegetación se dirige río abajo empujada con la corriente. Algunas piraguas cruzan el róo de orilla a orilla con carga y pasajeros locales. Otras piraguas de muy pequeño tamaño y cuyo bordo  apenas se levanta unos centímetros desde la superficie del río con un papú de pié que rema cadenciosamente, se desplazan serenamente con un equilibrio sorprendente, lo que a mí me parece un canto a la armonía por sus pausados movimientos y como se deslizan sobre la superficie del agua. En varias ocasiones intenté hacer el mismo ejercicio de equilibrista y siempre acabé en el agua.

Las riveras del río ofrecen panoramas inédito, muy diferentes de otras regiones de Papúa. Algunas casas sobre pilotes se suceden detrás de los cocoteros y la vegetación, en otros lugares vemos las nasas de forma cónica preparadas para la capturas de peces. Al llegar al lugar conocido como “Angon gate” el rio estrecha su cauce al discurrir entre dos masas montañosas no muy distantes entre sí, lo que provoca que la corriente aumenta su velocidad formando impresionantes remolinos que se manifiestan peligrosamente en la superficie, razón por la que nuestra piragua modera la velocidad y se aproxima a unos pocos metros de la orilla para evitar zozobrar. Unos centenares de metros corriente arriba el cauce retoma su anchura normal alcanzando varios centenares de metros de orilla a orilla por donde el agua discurre plácidamente.

En el día de hoy nos paramos en los poblados o “villages” por los que vamos pasamos. El primer alto se hace en Yesan donde al desembarcar somos recibidos con expectación por un grupo de niños que se arremolinan en nuestro alrededor, al igual que un pollo de casuario domesticado de más de un metro de altura que, tan curioso o más que los niños, también se acerca a nosotros. La casa sagrada o Haus Tambaran es pequeña, pero su interior está ricamente decorada con planchas de palmera decoradas con motivos pintados con pigmentos naturales sacados de semillas, de tierras de diferentes tonos y carbón. La siguiente parada se hace en Swagup, en donde asistimos al reparto de comida en ocasión de una fiesta con la que se completa la construcción de la “casa de los jóvenes”. En esta casa los adolescentes se separan de sus padres para emprender una andadura solos, en la que deben proveerse son sí mismos de todo los necesario para subsistir sin ayuda de los mayores. Este periodo puede duras una media de dos o tres años hasta la el día de la ceremonia de iniciación, que si es superada, pasaran a ser miembros de pleno derecho su sociedad y podrán tomar parte en decisiones que afectarán al clan, podrán casarse y fundar una familia.

En el río Sepik los ritos de iniciación son duros y dolorosos. El joven iniciado debe resistir a la más dura de las pruebas, que consiste en tatuar el cuerpo con escaras para parecerse al animal que más simboliza este río: el cocodrilo. El menú para esta ceremonia no puede ser más exótico, al menos para nosotros, ya que el plato fuerte son dos cocodrilos despedazados que han sido ahumados, por no decir casi carbonizados. Todos los platos de los comensales están alineados y cada uno recibirá una porción en función de su rango dentro de la comunidad, siendo las mejores y más abundantes para los jefes del poblado.

Swagup tiene la particularidad de ser el centro del “culto al insecto”, una curiosa creencia donde los insectos tienen un lugar predominantes en sus creencias animistas y que se representan en sus manifestaciones artísticas. La representación de figuras de insectos, como la libélula o algunas especies de escarabajos, se encuentran en sus pinturas y tallas en madera.

Dejamos atrás Maio y Baku y saliendo del cauce principal del rio Sepik nos desviamos por unos de sus afluentes, el río April,  hasta llegar a Bioga, donde se pasa la primera noche.

Mi elección fue la de pernoctar en una casa local, compartiéndola con la familia que la habita, a cambio de una pequeña compensación económica. La casa sobre pilotes es amplia construida con pilares hechos con troncos toscamente tallados  que soportan el conjunto. Bambú y corteza de la palmera del sago, completan paredes y suelo, mientras que el techo está hecho con hojas de pandano que impiden la entrada de agua de lluvia y permite que el humo del hogar salga al exterior. En el centro de la única pieza de la casa hay un hogar formado por un rectángulo hecho con cantos rodados y arena, sobre ella hay una chapa metálica sobre la que arde unas maderas de manera continua durante todo el día, con apenas fuego y con abundante humo que, al no haber chimeneas, se expande por la habitación como un elemento disuasorio y eficaz para alejar los mosquitos que nos acechan y acribillan sin descanso. Sobre el fuego, se superpone una parrilla que sirve para ahumar alimentos, tales como pescado, cocodrilo o tortas de sago. Las mujeres pasan horas y horas sentadas junto al fuego impertérritas y ajenas a todo lo que sucede en su alrededor, solo los niños dan animación la escena.

El interior de la única pieza de la casa apenas tiene muebles, tan solo una rudimentaria estantería hecha con palos de donde cuelga un candil de petróleo. Colgado de otra pared del habitáculo hay una talla en madera que su parte inferior es un gancho de donde penden un bilum, ese saco de red expansible omnipresente en cualquier región de Papúa y que esta destinado a transportar cualquier cosa. Un rincón de la pieza está destinada a dormitorio en donde se localiza una estera de hojas de pandano finamente trenzado en el suelo, un reposa cabezas en madera y un mosquitero. Admirando el conjunto, me viene a la memoria la frase del infatigable naturalista y viajero que fue Russel Wallace que dice “ Ahora que la existencia de los salvajes ha perdido para mí todo atractivo de la novedad, la veo monótona y miserable”[1].

Después de un baño en el río, siempre vigilando la presencia del temido y también adorado cocodrilo, y de una cena donde las tortas de harina de sago cocidas constituyen el plato fuerte, conciliamos el sueño en el calor asfixiante debajo del mosquitero.

 [1]  Viaje al archipielago Malayo.

Diario de un viaje al río Sepik, Papúa Nueva Guinea (III)

Juan Carlos Rey,  autor de este articulo,  fue embajador de la Unión Europea en Papúa Nueva Guinea y las Islas Salomón,   residió  en  Melanesia por más de cuatro años, hecho que le permitió  viajar extensamente por las Islas del Pacífico, de forma particular por la Melanesia. Es autor de `Arte y Cultura de Melanesia, objetos de una colección´,  libro, en  edición trilingüe (español, francés e inglés),  que  presenta una muestra de 87 fotografías inéditas con la descripción y la catalogación de otros tantos objetos pertenecientes a la colección del autor y procedentes de Vanuatu, Papúa Nueva Guinea y las Islas Salomón.

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