La representación de Tahiti en la literatura Occidental (III)

El presente texto despliega una breve historia de la representación de Tahití en la literatura occidental y las diversas consecuencias históricas, políticas y culturales, que se inició con el contacto de la Polynesia posterior al “descubrimiento” de América. Un repaso por la mirada de los navegantes europeos que desde el siglo el siglo XVI rondarían el Pacífico. Desde la  del capitán Cook, que sería considerado pionero de la etnología, al relato de Bougainville que influenciaría decisivamente en los intelectuales, que reivindicarían y repensarían una condición humana, que a su vez, terminaría en la revolución francesa y las revueltas religiosas en España. También las personalidades de diferentes campos que décadas tras décadas irían arribando al “Paraíso”, escritores como Melville, científicos como Darwin y artistas como Gauguin.

Matías Amengual es argentino, cursó estudios de Filosofía y es un apasionado por la literatura, el Pacífico y el Caribe. Este texto es parte de una serie de artículos del libro inédito “Orquideario”, que pretende conjugar lugares e ideas. No los lugares indómitos del etnólogo, sino el espacio producido, el lugar producto de la configuración de la civilización de consumo: el objeto turístico. Para  poner en relieve los mecanismos e ideas que están en la base de su desarrollo. De esa manera, preguntarnos qué es la resistencia política hoy y sus posibilidades, ante una lógica, tanto de derecha como de izquierda, que amenaza toda la diversidad humana y biológica, homologando y normalizando todo a su paso.  Sobre el Pacífico también versan los artículos “Tahití y diversidad sexual”, “Rapa Nui: el principio racionalizador” y “Pacífico: Fiji, Hawaii y Aotearoa”. El autor también ha publicado un volumen de elegías titulado “Último trabajo de Heracles” bajo el sello argentino Alción Editora, y en Perú por Lustra Editores.

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Tahiti Nui

Fueron los españoles los primeros en establecer una misión colonizadora en Tahití. La misión fue breve y fallida, apenas de un tortuoso año. Sin embargo, a esa truncada iniciativa, debemos los mejores textos sobre los tahitianos del siglo XVIII antes de la colonia.

En 1772 el virrey del Perú[1] alertado por los viajes del capitán Cook, que sugerían posibles planes de colonización inglesa, advierte la necesidad estratégica de establecer nueva presencia en la Polinesia para salvaguardar las colonias americanas, por lo que instruye dos misiones hacia Tahití, una ese mismo año y otra dos años después, en 1774.

La primera expedición partió en septiembre de 1772 desde las costas peruanas bajo la orden de reunir información sobre el terreno y su potencial para futuros emprendimientos, junto con recolectar datos sobre los nativos y sus costumbres, además de establecer óptimas  relaciones con ellos.

Los españoles desembarcaron en el poblado de Tautira, en la costa de Tahití –Otajiti para los nativos–, y fueron recibidos cordialmente, como de costumbre[2]. La misión resultó positiva y comprobaron satisfactoriamente que no había presencia inglesa; y para completar el material reunido para presentar al Virrey, llevaron consigo de regreso a Perú cuatro tahitianos, de los que sobrevivirán sólo tres, que serían  bautizados en una gran ceremonia, educados como españoles y alojados en aposentos palaciegos.[3]  

La segunda misión en 1774, zarpó con dos consignas: primero depositar un grupo de colonos en la isla para establecerse permanentemente, y luego de construirles un recinto y de dejarles provisiones, proseguir en navegación exploratoria por las islas cercanas a Tahití y retornar a Perú.

Entre la tripulación viajaba el grupo asignado compuesto por dos franciscanos que evangelizarían, un ayudante general, los aborígenes educados en Lima –que debían cumplir ahora el papel de agentes imperiales–, y un novel interprete peruano llamado Máximo Rodríguez, que en Rapa Nui había adquirido el manejo del maorí.

Fruto de esa experiencia de un año, Máximo Rodríguez escribirá en un diario el mayor y más antiguo testimonio disponible sobre las costumbres y ritos de los tahitianos[4]. Los frailes por su parte anotarán cosas más referentes al paganismo y sobre todo a las complicaciones sufridas durante la estadía, como reiterados robos y peleas. También sumarán valiosos datos los relatos de los navegantes de mayor rango en sus respectivos diarios; y una detallada crónica de un alférez llamado Juan Pantoja, con observaciones a veces distantes, sin descripciones paradisíacas pero con conclusiones y juicios muy directos sobre los nativos, en sentido similar al que ya se había expresado mucho tiempo antes Montaigne, Pantoja sentencia: «Creo que no se les debe llamar bárbaros, en todo, sino solo el que no amen nuestra religión».[5]

Las órdenes eran rigurosas: evangelizar, anexar la isla, someter gradualmente, mantener las relaciones cordiales, respetar las pertenencias y sobretodo no tener sexo, lo que causaría gran sorpresa entre las nativas que habían causado estragos entre los franceses e ingleses, y algunas violaciones por parte de éstos.

Pantoja refiere que las tahitianas deliberadamente seducían a la tripulación[6] y que al no recibir respuesta por parte de los españoles –bajo amenaza de castigo–, relata que éstas «se quitaban las mantas y en cueros comenzaban a bailar» tomando la iniciativa ante la indiferencia, y concluye que «por esta libertad de conciencia, tanto hombres como mujeres, padecen muchas enfermedades» y observa un implacable régimen sobre quien se sabe padece alguna enfermedad «le quitan el pelo, les rapan las cejas y luego la hechan al monte», ignorando que padecían las enfermedades introducidas por los propios europeos en  sus sucesivas expediciones.

Uno de los principales ari’i (rey) de la isla, llamado Vehiatua, aceptó albergar la misión luego de deliberar algunas horas con sus jefes locales. Conforme a su dedición, se elaboró un texto traducido al tahitiano por Máximo Rodríguez, donde se acuerda la cooperación mutua y la protección española, y se celebra el correspondiente tratado entre las autoridades españolas y locales[7]. Pantoja refiere que la conformidad por parte de los tahitianos se debe al deliberado buen trato con el que se manejaron las dos misiones: «respondieron que si, respecto a que haviamos estado en el año 72 y que no se les havia echo daño y que queríamos ser sus amigos», y destaca esa determinación en concordancia con la habitual cordialidad de los tahitianos «Todo esto que ellos disen es verdad, porque nuestro Comandante se esmera en eso que no de les haga daño».

Pero otras razones también favorecieron esa alianza estratégica de cooperación y protección, no sólo porque los tahitianos periódicamente mantenían guerras con la isla vecina de Moorea, sino que también eran temerosos de los ingleses.

Notas

[1] Con la consolidación de las colonias americanas, serán éstas las protagonistas de las expediciones en nombre del Imperio español, y por los tanto el frente estratégico ante el avance y disputa colonial de las demás naciones europeas.

[2] A Tautira llegaría también, más de un siglo después en 1888, Robert L. Stevenson, que después de una corta estadía escribiría que los tahitianos son «el pueblo más amable del mundo». Y antes, en 1835, Darwin había definido a los tahitianos como la población indígena mas hermosa y sana.

[3] La tradición de embarcar nativos y podían ser expuestos en exhibición o incluso podían volverse verdaderas celebridades entre los círculos más destacados, y hasta gozar un poco de sus privilegios.

En 1773, un nativo llamado Omai fue llevado por Cook a Londres donde se integró a la corte del rey Jorge III, hasta que fue devuelto a su isla tres años después, luego de haber conocido los salones de baile, la opera, estimulado la imaginación de los círculos artísticos y hasta haber inspirado una obra de teatro.

Por su parte Bougainville había llevado consigo a París a otro tahitiano de nombre Aotourou, que moriría de regreso a su isla, al igual que muchos de los nativos embarcados debido a enfermedades a los que nunca antes habían estado expuestos.

Mucho tiempo antes a las expediciones del silgo XVIII, en el siglo XVI, Montaigne ya había gozado de la presencia directa de tres aborígenes tupinambá del Brasil, encuentro que le permitió documentarse para sus ensayos.

[4] Se destaca también la obra  Ancient Tahiti de Teuria Henry, que fue consagrada como la de mayor relevancia y que recopila mucha  información recolectada por su abuelo y su padre, pertenecientes a la Sociedad Misionera de Londres.

[5] Montaigne había propuesto sobre el contraste entre los europeos y los aborígenes  «no hay nada bárbaro o salvaje en aquella nación, según lo que me han contado, sino que cada cual considera bárbaro lo que no pertenece a sus costumbres». Tiempo después de Pantoja, Darwin escribiría destacando la inteligencia de los tahitianos, que  «no es posible imaginas que sean salvajes».

[6] «no tienen dificultad de dar su cuerpo a qualquiera que llega y con tanto extremo que ellas vienen a solicitar a los nuestros, como sucedió infinitas vezes, y para esto vienen en vandos».

[7] En su arribo a Nuku Hiva, Melville es testigo de la ocupación francesa de las Marquesas. En Typee relata la entrevista entre el almirante francés Du Petit Thouars y un ari’i local «El almirante se acercó con la cabeza descubierta y la mano extendida, mientras el viejo rey lo saludó con un impresionante movimiento de su lanza. Al instante después se pararon uno al lado del otro, estos dos extremos de la escala social: el educado y esplendido francés y el pobre salvaje tatuado. Ambos eran altos y nobles».

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