La representación de Tahiti en la literatura Occidental (I)

El presente texto despliega una breve historia de la representación de Tahití en la literatura occidental y las diversas consecuencias históricas, políticas y culturales, que se inició con el contacto de la Polynesia posterior al “descubrimiento” de América. Un repaso por la mirada de los navegantes europeos que desde el siglo el siglo XVI rondarían el Pacífico. Desde la  del capitán Cook, que sería considerado pionero de la etnología, al relato de Bougainville que influenciaría decisivamente en los intelectuales, que reivindicarían y repensarían una condición humana, que a su vez, terminaría en la revolución francesa y las revueltas religiosas en España. También las personalidades de diferentes campos que décadas tras décadas irían arribando al “Paraíso”, escritores como Melville, científicos como Darwin y artistas como Gauguin.

Matías Amengual es argentino, cursó estudios de Filosofía y es un apasionado por la literatura, el Pacífico y el Caribe. Este texto es parte de una serie de artículos del libro inédito “Orquideario”, que pretende conjugar lugares e ideas. No los lugares indómitos del etnólogo, sino el espacio producido, el lugar producto de la configuración de la civilización de consumo: el objeto turístico. Para  poner en relieve los mecanismos e ideas que están en la base de su desarrollo. De esa manera, preguntarnos qué es la resistencia política hoy y sus posibilidades, ante una lógica, tanto de derecha como de izquierda, que amenaza toda la diversidad humana y biológica, homologando y normalizando todo a su paso.  Sobre el Pacífico también versan los artículos “Tahití y diversidad sexual”, “Rapa Nui: el principio racionalizador” y “Pacífico: Fiji, Hawaii y Aotearoa”. El autor también ha publicado un volumen de elegías titulado “Último trabajo de Heracles” bajo el sello argentino Alción Editora, y en Perú por Lustra Editores.

Tahiti Nui

 Tahití Nui

Tahití Nui se encuentran en el centro del triángulo polinesio, con sus vértices en Hawai’i por el norte, Rapa Nui (Isla de Pascua) al sureste y Aotearoa (Nueva Zelanda) en el suroeste. Es sin lugar a dudas uno de los archipiélagos más fascinantes del pacífico y del planeta, y lo más cercano a cómo el imaginario concibe al Paraíso: luminosas playas, ríos, cascadas, volcanes extintos, lagunas cristalinas, cimas que ofrecen magníficos paisajes, jardines de coral con gran diversidad marina, incluyendo rayas y tiburones amigables, vegetación abundante y muy generosa en frutos comestibles. Pero sobre todo y lo que siempre se suele destacar de la bondad de estas islas, es la falta de peligro hacia la vida humana por la inexistencia de depredadores. Con excepción del ocasional canibalismo que solían practicar los antiguos polinesios contra sus enemigos.

La serie de islas es variada y de origen volcánico, muy montuosas y rodeadas de anillos coralinos que forman apacibles lagunas e islotes repletos de palmeras; pero también por islas que en vez de elevarse sobre el nivel del mar se hundieron formando terrenos llanos igualmente circundados por arrecife y lagunas, denominadas atolones.

La división geográfica del conjunto las distingue en cinco grupos de archipiélagos[1], los más importantes son las islas Marquesas –de salvaje belleza que cautivó Gauguin–; y el archipiélago islas de la Sociedad, el más visitado y que contiene a la isla Bora Bora, posiblemente el destino turístico más anhelado del mundo; también a Tahití que es la isla más grande de todo el archipiélago y que a su vez es sede para la capital política del país, Pape’ete.

Se cree que los primeros habitantes comenzaron a poblar las islas del triángulo polinesio en entre el 3000-2000 a.C., procedentes de Samoa y Tonga, que conjuntamente fueron el centro cultural del Océano Pacífico; llegando unos siglos después a los extremos orientales en Hawai’i y Rapa Nui y por último a Aotearoa[2].

Si se considera a los que sugieren que hace 6000 años a.C. las grandes masas continentales del planeta ya habían sido colonizadas por el hombre, la lenta y progresiva migración por el Pacífico es una de las más recientes conquista de los homínidos que decenas de milenios atrás partieron de África para desembocar en estas playas. A su vez todos estos primeros habitantes del Pacífico llegaron provenientes de Asia, hacia las islas de Melanesia primero, para seguir hacia la Polinesia central en sus canoas, con sus animales de sacrificio, para alimento y también con los domésticos; llegaron junto con algunos insectos y crustáceos que quizá arribaron a las mismas islas en su propio periplo, naufragando sobre algún coco arrastrado por las corrientes o escondidos entre las canoas.

Casi simultáneamente mientras la especie humana terminaba de poblar el planeta, comenzaba a contactarse y reconocerse por la otra aventura iniciada por los europeos en su expansión económica.

En 1513 pasada dos décadas después que Colón llega a América, Núñez de Balboa con la asistencia de aborígenes panameños, avista el océano Pacífico y lo llama “Mar del Sur”. En 1521 Magallanes arriba por primera vez a islas de Tahití Nui, luego en 1568 Álvaro de Mendaña entre otros. Todas expediciones españolas motivadas por necesidades estratégicas y también inspiradas por creencias en tierras generosas y paradisíacas.

Como dice Alonso Ibarrola en su libro Tahití y sus islas  «Decir Tahití es referirse a un ‘mito’ creado por los primeros navegantes españoles». Esas expediciones españolas serían continuadas un tiempo después por expediciones de las demás naciones europeas en plena competencia imperial, que a su vez acrecentarán más una dimensión mítica con sus propios relatos.

En 1722, el holandés Roggeveen arriba a Bora Bora y el inglés Wallis encuentra la isla de Tahití en 1767. Al año siguiente, en 1768, el francés Boungainville llega también a Tahití y la reclama por primera vez para Francia; la bautiza con el sugerente nombre de Nouvelle Cythère en honor a la diosa del amor Afrodita, tal vez debido a la libertad sexual que experimentaron los tripulantes con las tahitianas, agregando una cuota importante a la imagen de paraíso erótico, del que también gozarían nuevamente los ingleses al año siguiente, en 1769 –ya con el célebre capitán Cook al mando– y que habían ya gozado el año anterior con Wallis.

Bougainville, describe en su libro Viaje alrededor del mundo una particular visión: «Las piraguas estaban repletas de mujeres que a juzgar por lo agraciado de su aspecto, no resultan inferiores a la gran mayoría de las europeas. Incluso en virtud de la belleza de su cuerpo, podrían rivalizar con todas ellas y llevarles la delantera. La mayor parte de estas ninfas estaba desnuda» y luego de relatar los insinuantes gestos de las tahitianas, aclara que  los propios varones tahitianos –a los que califica de más libres– eran los que les invitaban a elegir una para poder consumar; entonces, el capitán francés interpela a su lector «¿cómo mantener trabajando a cuatrocientos jóvenes marinos franceses que desde hace seis meses no han podido ver una sola mujer?»

Realidad mítica erótica que terminaría por encarnarse catastróficamente en 1789 con el legendario motín del navío inglés Bounty, que debía extraer de Tahití algunos ejemplares del uru o árbol del pan, árbol frutal muy generoso, que planeaban serviría de alimento barato para los esclavos africanos y aborígenes en las colonias del Caribe; misión que los marineros se negaron a completar después de haber permanecido unos meses en Tahití, seducidos por placeres y un futuro más apacible, que llevó al primer oficial y varios marineros a sublevarse contra el capitán, negándose a abandonar el paraíso reencontrado. Acontecimiento que conmocionó tanto, que inspiró polémicas y varios títulos entre libros, y algunas películas ya en el siglo XX. Un drama que se volvió nutriente para el tópico que representa un navío en medio del mar amorfo, como metáfora de un microcosmos con leyes propias en un universo sin sentido, trasfondo recurrente en la literatura sobre los Mares del Sur.

Sobre lo ocurrido con el Bounty, Julio Verne –que se destacaba por sus ficciones– publica en 1879 Los amotinados de la Bounty basada en los hechos reales recogidos de las actas de juicio celebrado contra algunos amotinados capturados. Pero quizá quién mejor haya plasmado la tensión entre el deseo y la ley, es el Billy Budd de Melville, publicado en 1889.

Melville en su juventud experimentó en carne propia las intrigas dentro de los barcos y la vida en la Polinesia, y fue uno de los primeros grandes escritores en escribir sobre los Mares del Sur. Su primer libro, el relato autobiográfico Typee, publicado en 1846, tuvo un gran éxito, que sólo sería superado por la posterior aparición de Moby Dick.

Typpe narra la aventura de Melville junto a un amigo entre tribus del archipiélago Las Marquesas, cuando a sus veintidós años, decide desertar del barco pesquero para el que trabajaba, adentrándose en una isla donde convive con supuestos caníbales que amablemente lo hospedan pero que misteriosamente lo retienen; motivo que lo fuerza a escapar nuevamente en otra embarcación, en la que finalmente protagonizará su propio motín hasta terminar preso unos meses en Tahití.

Melville logra amortiguar todo el carácter delictivo de su aventura justificando las profundas razones que lo llevaron a desconocer el orden. Además de las injusticias perpetradas por sus superiores, otro poderoso motivo que lo llevó a fugarse, eran las ninfas nadadoras. Al igual que el capitán Bougainville es sorprendido por una inesperada visión cuando los nativos de la isla Nuku Hiva, que habían salido a recibirlos en sus canoas, le señalan un extraño tumulto en el agua. Melville escribe: «Al principio creí que era ocasionado por un banco de peces que jugueteaba en la superficie, pero nuestros salvajes amigos nos aseguraron que era un grupo de juijenis [3], que procedente de la costa a nado, venían a darnos la bienvenida.» Agrega, también, que las confundió con sirenas, y cuando finalmente ellas abordan el barco, subyugado, las describe bellas y felices, y «de extrema juventud, la piel bronceada, los rasgos delicados y figuras indescriptiblemente agraciadas, sus piernas de suaves líneas y sus movimientos naturales, parecían tan extraños como bellos.» Entonces, exactamente igual que Bougainville, inquiere «¿Cómo evadir tamaña tentación?» Y si el lector cree que Melville ha finalizado, lejos de eso, la escalada continua hasta el estremecimiento cuando llegada la noche las juijenis brindan su tradicional danza: «estas mujeres sienten pasión por la danza y la gracia y el espíritu salvaje del estilo sobrepasan todo lo bello experimentado por mi hasta entonces.», y finalmente concluye «No se interpuso la más tenue barrera entre las profanas pasiones de la tripulación y el ilimitado placer de ellas.»

Es el libro de Bougainville, publicado en 1771, tres años después de haber estado en Tahití, el relato de influencia capital sobre el imaginario popular –y sobre todo en la intelectualidad francesa–, y un precedente real para la literatura de aventura en ultramar que el siguiente siglo alcanzaría su cúspide en Melville, London, Stevenson y Conrad.

 El capitán Bougainville describe Tahití creyendo que la descubrió, ignorando que el año anterior había sido ya alcanzada por el inglés Wallis. Su descripción sobre el paradis polynésien es el gran responsable de excitar a los franceses «me creía transportado en el jardín del Edén» escribe alucinado, y retrata a los tahitianos como personas felices e inocentes «en todo lugar veíamos reinar la hospitalidad, el respeto, una dulce alegría y todas las apariencias de la felicidad». También Cook en sus diarios se había expresado en forma semejante «No creo que haya bajo el sol pueblos más felices ni que tengan motivos de serlo que las gentes que habitan estas islas».[4]

El libro de Bougainville tuvo gran impacto y se podía tomar como indicios sobre la tesis del “Buen Salvaje” que sostenía que el hombre en estado natural es bueno, o bueno por naturaleza antes de ser corrompido por la sociedad. Tesis que tenía su mayor exponente en Rousseau, que polemizaba con la precedente afirmación de malo por naturaleza de Hobbes. Controversia, que ya había comenzado mucho tiempo antes, en el siglo XVI con Montaigne, en su ensayo Des cannibales [5], cuando las noticias que llegaban de los aborígenes americanos aún eran frescas y contradictorias.

Montaigne, junto a Fray Bartolomé de las Casas, a causa del contacto con los aborígenes americanos, inician una nueva etapa humanista hacia fines del Renacimiento y durante gran parte del periodo de la Ilustración, ante la emergencia de tener que reflexionar sobre el otro y el mismo.

Notas

[1] Entre los cinco archipiélagos existen tanto diferencias culturales como en sus respectivos dialectos, pero todos los habitantes del país, y del centenar de islas del triángulo polinesio, comparten una  misma procedencia.

[2] Entre el siglo XI y XVI d.C.

[3] Jóvenes muchachas.

[4]  Esta aparente felicidad total, la refleja también o el naturalista Joseph Banks a bordo del navío Endeavour capitaneado por Cook, al referirse «Así es como viven estas gentes, a punto he estado de decir  felices»

[5] Montaigne en Des cannibales mide a los aborígenes americanos que devoran a sus enemigos con los europeos que se permiten proceder en forma similar o peor, contra gran parte de la humanidad en nombre de valores absolutos.

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