Islas Marshall , de paraíso tropical a infierno radioactivo

Nuclear Savage:  The islands of Secret Project 4.1   (Estados Unidos, 2012)

Dirección  y Producción: Adam Jonas Horowitz  &  Primordial Soup Company.

Adam Jonas Horowitz  realizó su primer documental en la  República de las Islas Marshall en el año 1986 y  quedó  sorprendió  con lo que se encontró en aquellos atolones de coral de la Micronesia.: Cocos radioactivos,  fugas en los depósitos de residuos nucleares y asentamientos marginales densamente poblados  como Ebeye, en el atolón de Kwajalein,  y  una de las islas de tamaño reducido más pobladas del mundo;  todo ello resultado directo de 67 pruebas nucleares que vaporizaron los anillos coralinos y devastaron poblaciones enteras.

Veinte años más tarde Horowitz   regresa al archipiélago para filmar un documental de carácter político y cultural que desvela los efectos de la Guerra Fría en lo que antes era una apacible e idílico paraíso. Nuclear Save exhibido y galardonado en diferentes festivales internacionales,  se presenta como un retrato desgarrador e íntimo sobre  los habitantes de las Islas Marshall, quienes luchan por su dignidad y supervivencia tras décadas de haber sufrido la contaminación  radioactiva intencionada por parte del gobierno  de los Estados Unidos. Basándose en documentos desclasificados recientemente, testimonios desoladores de los supervivientes y sorprendentes archivos que no han visto la luz, el documental cuenta la verdad de una historia que hasta ahora no ha sido contada en su totalidad;  revelando como científicos de los Estados Unidos de América, convirtieron a unas islas paradisíacas del Océano Pacífico en un infierno radioactivo;  fue durante tres décadas y   sus habitantes fueron convertidos en conejillos de indias con la intención de  estudiar los efectos radioactivos sobre los seres humanos , teniendo como resultado consecuencias devastadoras.

El programa de pruebas nucleares en las Islas Marshall tuvo su inicio entre 1946 y 1958, y en el tomaron parte cientos de científicos y personal militar  al mismo tiempo, supuso la participación involuntaria de micronesios que fueron evacuados y desplazados una y otra vez y de una isla a otra, para acomodar los intereses de las explosiones nucleares. Los primeros en ser afectados fueron los habitantes del atolón de Bikini. En 1946 fueron informados de que los Estados Unidos de América iniciarían pruebas nucleares en su hogar “para el bien de toda la Humanidad y el final de las guerras mundiales”. En pocas semanas fueron evacuados y los militares se desplazaron hasta el atolón para poner en marcha un programa nuclear que recibió el nombre de “Operación Encrucijada” (Operation Crossroads). Una declaración de prensa de la US Navy declaró: “Los nativos están encantados y entusiasmados con la bomba atómica, la cual les ha reportado ya beneficios y la perspectiva de un futuro prometedor ”. La realidad era otra. Apenas dos meses después de su llegada al atolón de Rongerik las gentes de Bikini sufrían la escasez de alimentos y se sucedían las peticiones de regresar a su hogar ancestral. En 1948 los pobladores de Bikini eran evacuados una vez más desde entonces, la situación se repetiría varias veces. En 1979 se anunció que el atolón de Bikini no sería habitable hasta transcurridos treinta años. Las gentes de Bikini todavía andan a la búsqueda de un hogar donde vivir.

El ingenio nuclear Bravo pulverizo las islas de Bokbata, Bokloloaton , Boknejun y la barrera de coral que las rodeaba, desaparecieron convertidas en polvo radioactivo que los vientos llevaron a miles de kilómetros de distancia. Hasta en las costas de Japón dejaron sentir sus efectos. Uno de los científicos encargados, el médico David Bradley apuntó, “Nada ni nadie puede recuperarse de una cosa así.”

En Enewetak se produjo la explosión de cuarenta y tres bombas nucleares. Sus habitantes fueron deportados en 1947 a Ujelang, un atolón a 190 kilómetros, mucho más pequeño y de escasos recursos naturales para asegurar su correcta supervivencia. Durante un exilio de treinta y tres años, las gentes de Eniwetak afrontaron enormes dificultades en la obtención de agua y alimentos, permaneciendo sujetos a las visitas de los barcos que se los proporcionaban. Los norteamericanos se desplazaron a este lugar, casi un perfecto anillo circular porque, simplemente, las tierras de Bikini estaban demasiado contaminadas.

El 1 de noviembre de 1952 se explotó en el atolón la primera bomba de hidrógeno más potente del mundo, Mike, destrozando para siempre el grupo de islas Eniwetok, donde existe una inmensa laguna de mil kilómetros cuadrados rodeada por un gran cinturón de tierra de siete kilómetros. El artefacto nuclear pesaba setenta y cinco toneladas y su fuerza explosiva a 10.4 mega toneladas de TNT. La bola de fuego, de un tamaño de cinco kilómetros calcinó la laguna hasta secarla y lanzó cientos de millones de toneladas de agua y cal coralino a la estratosfera. A parte de Taklik, también se produjeron detonaciones en la islita de Ranuit; nueve de ellas muy cerca de la costa y ocho a una milla de esta.

Su fuerza se calculó en 110 veces más potente que Little Boy, la bomba lazada sobre Hiroshima. En los cuarenta y cuatro años transcurridos tan sólo ha desaparecido un milésima parte de la radiación y dentro de 240000 años todavía permanecerá el cincuenta por ciento.

En el año 1980 Estados Unidos completo la limpieza de Enewetak, hecho que duró tres años y costó aproximadamente seiscientos dieciocho millones de dólares. La basura nuclear fue dispuesta en un cráter producido por la explosión en Runit y sellado por una inmensa cúpula de cemento. La lápida del cementerio nuclear, de veinte metros de altura y 150 de diámetro, no tardó mucho en presentar grietas; produciendose filtraciones en la base del cráter. Ahora, a los pobladores de Eniwetok les está permitido habitar en las islas meridionales del atolón, aunque las dudas en cuanto a seguridad persisten. Runit permanecerá inhabitable 24.0000 años!

El 1 de marzo de 1954 estará siempre en la memoria del pueblo de Rongelap como el “día del doble amanecer”, el día en que las cenizas cayeron del cielo. Está, fue la fecha en que los Estados Unidos de América hicieron explotar en Bikini una bomba de hidrógeno de quince megatones a la que bautizaron como Bravo. Desde aquel fatídico momento, la vida de los habitantes de Rongelap no volvería a ser nunca más igual.

Bravo fue descrita por el departamento de prensa de la Marina Americana como “ una prueba nuclear rutinaria”. No hubo aplazamientos, como tampoco evacuación o medidas de precaución para proteger a la población; incluso teniendo el conocimiento de que los vientos soplaban en dirección a Rongelap hacía ya semanas. Bravo fue la bomba de mayores proporciones que los americanos habían hecho estallar hasta entonces, nada más ni nada menos que mil veces más potente que la lanzada sobre Hiroshima.

Poco tiempo después de la inmensa explosión, los isleños empezaron a sufrir los efectos de la radiación; vómitos, diarreas y quemaduras. Más tarde, fueron evacuados junto a otras de las víctimas por personal americano adecuadamente protegido. En 1957 Rongelap fue declarado seguro y sus habitantes regresaron. Las pruebas médicas realizadas en 1958 mostraron un rápido incremento de radiactividad en los cuerpos de las gentes del lugar. Los primeros tumores de tiroides aparecieron en 1963. Todos los niños que tenían diez años en el momento en que Bravo explotó han venido sufriendo anormalidades en el tiroides,otros han muerto por leucemia. El hongo nuclear alcanzó treinta y cinco kilómetros de altura, desprendiendo al cabo de cuatro y seis horas, 3.8 centímetros de finas cenizas blancas que volvieron al agua amarilla, contaminaron los alimentos y produjeron graves quemaduras a la población. Los niños jugaron con ella pensado que era nieve. Tras cuarenta y ocho horas de exposición fueron evacuados a Kwajalein.

En enero de 1957 oficiales norteamericanos decidieron devolver a las gentes al atolón, a pesar de los altos niveles de contaminación. En 1978 el Departamento de Energía descubrió que las islas septentrionales de Rongelap poseían indices de radiación mucho más elevados que Bikini, pero permitió el reasentamiento humano en la región meridional.

Cuando los habitantes de Rongelap tuvieron noticias de que el buque insignia del Greenpeace, el Rainbow Warrior, tenía intención de visitar las Islas Marshall, suplicaron ayuda a esta organización internacional. Deportados a otra isla, lejos de su hogar ancestral, y al borde del colapso por la falta de alimentos y la infraestructura mínima para garantizar su supervivencia. Unos meses más tarde, el Rainbow Warrior los traslado al lugar que ellos mismos habían elegido como nuevo hogar, la isla de Mejato.

Tristemente, las gentes de Rongelap fueron intencionadamente expuestas a la radiación. El destino les puso en manos de militares y científicos desalmados que consideraron que representaban el grupo perfecto de control para investigar los efectos de la radiación en los humanos! Fue en el marco del proyecto denominado 4.1.

Los pobladores de Rongelap jamás tuvieron acceso a sus propios informes médicos y todavía sufren las consecuencias de aquella catástrofe, en la forma de leucemia, cáncer de estómago y riñón. En 1978 médicos del Departamento de Energía de los Estados Unidos realizaron un estudio del atolón concluyendo, simple y alarmantemente, el no consumir pescado, cocos y otros productos de las islas septentrionales del atolón. El cesio 137 impregna el suelo del atolón y es absorbido por las plantas y por las personas que puedan consumir estas.

Los Estados Unidos aceptaron la responsabilidad de los daños causados (…) y destinó en 1995, un fondo fiduciario de cuarenta y cinco millones de dólares para ayudar a los nativos a restaurar y repoblar Rongelap. Sin embargo para los habitantes de las Marshall ningún dinero es capaz de aliviar todos los dolores sufridos. No tan solo se quedaron sin hogar sino que, también, tuvieron que abandonar a los suyos; a aquellos familiares ya fallecidos y nexo de unión con la tierra y, como consecuencia fuente de la identidad cultural. Muchas mujeres, no tan sólo de Rongelap, dieron luz a seres abominables; los niños medusa (jellyfish), criaturas sin cabeza, ojos y brazos. Se calcula que los efectos de las pruebas nucleares alcanzaran sus máximas consecuencias en la población durante el siglo XXI.

“ … who gives a damn for those Micronesians…” : ¿Quién da un duro por esos micronesios?. Estas  fueron las palabras que dijo Henry Kissinger cuando era Secretario de Estado, refiriendose a lo habitantes de  la actual República de las Islas Marshall. Con su actitud quedó definida de manera precisa el modo con que los Estados Unidos de América miraban a las islas; únicamente como parte de sus recursos estratégicos para su política en el continente asiático, por un lado, y como campo indefenso de pruebas para su armamento nuclear por otro.

Los micronesios de las islas han sufrido efectos irreversibles físicos y sociales, en la actualidad la cultura de los atolones de Majuro, Rongelap, Eniwetak, Bikini y Kwajalein ya no es viable… Los efectos psicosociales son traumáticos; las tasas de suicidio se sitúan entre las más elevadas del mundo. Los isleños parecen no encontrar significado a sus vidas porque, simplemente, han sido deliberadamente desposeídos, desarraigados de sus condiciones naturales de existencia. El gobierno de Washington prometió proteger los intereses, derechos y libertades fundamentales de los habitantes de Marshall; sin embargo hicieron todo lo contrario, dejando una herencia nuclear espeluznante representada por niños paralíticos que no hablan ni crecen.

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