Samoa, simple y preciosa

Samoa (3) 

Hay veces que hay que dejarse llevar por el viento de la vida para que con su gran generosidad nos deposite en lugar que determine. Y nos llevó a Samoa, pese a que en un principio no entraba en nuestros planes. La primera opción planteada había sido escaparnos a Australia, pero afortunadamente un ataque de lucidez durante un precioso atardecer en la bahía de Nadi (Fiji) nos hizo darnos cuenta de que nos daba mucha pereza regresar a “occidente”. Dicho y hecho, guiados por nuestro particular ángel de la guarda en el Pacífico, mi querido Javier Miró, nos zambullimos en la pureza polinesia de Samoa.

La llegada nos deparó el primer regalo, ya que al estar situada la línea de cambio de día entre Fiji y Samoa pudimos vivir el día 2 abril 2 veces. A la vuelta por supuesto sucedió lo contrario, y si hubiéramos sido supersticiosos hubiéramos dado saltos de alegría porque el martes 13 de abril no existió en nuestras vidas.

La primera impresión en la isla de Upolu fue muy representativa de lo que pudimos percibir durante toda nuestra visita: armonía, delicadeza, paz, sosiego, familiaridad…Nos intrigaba el gran número de fales diáfanas de grandes dimensiones en cada pueblo; más tarde nos explicaron que cada familia poseía una y era su lugar de reunión y celebración. Los pueblos parecían jardines con la hierba escrupulosamente cortada, los arbustos y sus flores multicolores perfectamente podados y alineados.

Estuvimos un par de días en la capital, Apia, pequeña y coqueta. Disfrutamos de sus mercados, de su buena comida y de sus paseos. En la reserva marina de Palolo Deep mi hija Mara con sus 4 añitos pudo hacer snorkeling con una infinita variedad de peces y corales y en las Papasea Sliding Rocks experimentó la emoción de deslizarse por las cascadas y nadar en las cristalinas pozas. Yago, aun siendo un pequeñajo de 2 años también hizo sus pinitos. Los pequeños se aclimataron rápidamente al ritmo de vida samoano y todo resultó sencillo con ellos.

 Durante los domingos y festivos la vida en Samoa se paraliza y sus habitantes dedican todo su tiempo a la familia y a la iglesia, con lo cual hay que preveer con antelación que casi la totalidad de los servicios estarán cerrados. Al viajar en Semana Santa nos encontramos con que el viernes, domingo y lunes eran festivos, pero aprovechamos para viajar bordeando la costa norte de Upolu, cruzando la isla por Le Mafa Pass, visitando las cascadas de Fuipisia y continuando por la costa sur hasta Saanapu. Por el camino, en cada pueblo sus gentes vestían sus mejores galas, predominando absolutamente el color blanco, y las familias acudían al unísono a las iglesias de diferentes confesiones. Nadamos y saltamos por las cascadas de Togitogiga en compañía de numerosos samoanos que aprovechaban el fin de semana para acampar allí. Circulando por la carretera (la velocidad máxima permitida en todo el país es de 50 km/h) o caminando, absolutamente todo el mundo con el que te cruzas te saluda (Talofa!) con una cálida y sincera sonrisa y pronto vences el reparo occidental inicial y te acostumbras a intercambiar impresiones con los samoanos aunque sea la primera vez que les ves en tu vida.

En Lotofaga estaban jugando un partido de cricket en el centro del pueblo y paramos para verlo. En seguida el matai (jefe) del pueblo se acercó para darnos la bienvenida y ofrecerse para todo lo que pudiéramos necesitar. El partido terminó, nos llevaron a la escuela local ya que al ser Begoña maestra pensaron que nos interesaría y después nos presentaron al cura local (en esta caso metodista), charlamos con él y con los matai familiares y nos ofrecieron compartir su celebración, su comida y hasta dormir allí para que les pudiéramos conocer mejor. No pudimos quedarnos porque nos esperaban en el Virgin Cove, un trocito de paraíso donde nos alojamos unos días.

Teníamos dudas sobre dormir los 4 en una fale, que consiste en una plataforma de madera diáfana elevada sobre troncos, cubierta por un techado de fibras de cocotero y con una especie de persianas trenzadas también con hojas de palma de cocotero. Nada que ver con la manera occidental de vivir, pero tras el primer día nos dimos cuenta de que tras cientos de años de experimentación los samoanos habían  llevado a la máxima expresión el concepto de bioclimatismo: al estar al lado del mar la brisa marina corre constantemente y la perfecta temperatura a lo largo de todo el año hace innecesario cualquier tipo de cerramiento; el sonido de las olas te arrulla y no hay ninguna luz que te desvele. El despertador es el amanecer y tal vez algún gallo vecino, y cuando abres los ojos te encuentras de sopetón con el azul luminoso del Pacífico Sur, las arenas blancas y las palmeras meciéndose al ritmo de la brisa.

Virging Cove es un buen ejemplo de alojamiento respetuoso con el entorno y perfectamente sostenible, proporcionando recursos a los habitantes de los pueblos cercanos y sin ningún impacto social ni ecológico. Es el turista el que se adapta a las circunstancias del lugar y no al revés, y eso te hace percibir el país con una mayor intensidad. El turismo es muy escaso, sobre todo si lo comparamos con nuestras referencias en España, y aunque hay opciones desde mochileros a millonarios, no se aprecia ningún exceso especulativo. Los palangi (extranjeros) y sus divisas son muy bien recibidos, pero no a cualquier precio, y el hecho de que cada pueblo tenga una absoluta capacidad de gestión sobre sus recursos hace que la presencia del turismo no afecte a su modo de vida tradicional.

Cruzamos a la isla de Savai’i en el precario ferry que la comunica con Upolu y una vez allí nos dirigimos al norte, a Manase, desde donde nos acercamos a Salealua con sus campos de lava fruto de las últimas erupciones que sepultaron parte del pueblo y a Fagamalo, donde pudimos nadar con grandes tortugas. Un par de días después continuamos ruta hacia el extremo occidental de la isla, Falealupo, donde se puede contemplar el último, y casi siempre magnífico atardecer de cada día en el mundo, ya que un poco más al oeste ya se encuentra la línea oficial de cambio de día.

En Falealupo parece que estás alejado del resto del mundo, el bosque tropical lo rodea todo y solo se puede llegar por un camino de tierra. Salvaje y acogedor al mismo tiempo. La luz del sol marca el ritmo de vida sin que sea necesario ningún reloj. Una mañana Yago se despertó al alba y nos fuimos a pasear. En una pradera un grupo de jóvenes jugaban al rugby y nos sentamos a verlos. La semana anterior el equipo de rugby 7 de Samoa había ganado el “Hong Kong 7’s”, el equivalente al campeonato del mundo, y se había declarado fiesta nacional el día del regreso del equipo. Estuvieron jugando animadamente hasta que un rayo de sol asomó por detrás de una pequeña colina. En ese momento se interrumpió el partido y cada cual se encaminó a sus quehaceres, unos cogiendo el machete y otros los libros.

En Falealupo no tienes la sensación de alojarte en un negocio, sino que es más como si te acogiera una familia y contribuyeras con tu dinero a sufragar los gastos comunes de la convivencia. Cuando pagas una pequeña tasa al matai por visitar la reserva forestal (Falealupo Rainfores Preserve) sabes que ese dinero va directamente a la comunidad sin intermediarios y hace que te sientas orgulloso de poder contribuir directamente a que estos lugares se conserven tal y como son. Esta sensación nos acompañó durante toda nuestra estancia en Samoa.

Seguimos ruta al sureste hasta Satuiatua, un precioso lugar con unas magníficas fales en cuya playa los corales llegan hasta la misma orilla y con el agua por las rodillas puedes ver más vida marina que en muchas inmersiones que hemos realizado en otras partes del mundo. Desde allí nos acercamos a la magnífica playa de Faiaai y a los Alofaaga Blowholes (agujeros en la lava por donde entran las olas y expulsan chorros a más de 30 metros de altura). Desde Satuiatua completamos la vuelta a Savai’i pasando por las cascadas de Afu Aau y por la Reserva Natural del volcán Tafua, a cuyo cráter se puede acceder si tienes suerte de encontrar la senda correcta. En el pueblo tuvimos que buscar al matai para pagar la pequeña tasa para visitar la reserva pero nos advirtió tras darnos el justificante que nadie debía cobrarnos ni un céntimo más por nuestra visita aunque nos lo pidiera. Al ser domingo no había guías pero un encantador vecino del pueblo que estaba trabajando en su huerto nos indicó el camino y nos esperó a la vuelta con unos refrescantes cocos. Quisimos pagarle por su amabilidad pero no lo permitió, lo que ilustra claramente el carácter samoano.

Quisimos antes de partir visitar la pequeña isla de Manono y para ello primero cruzamos de nuevo a Upolu y nos dirigimos al embarcadero donde nos esperaban con un bote para llegar a nuestro alojamiento en Manono, regentado por una familia cuyos padres se encontraban en Apia durante unos días. Los tres hermanos, el mayor de 20 años,  se encargaban de todo y trabajaban a diario reparando los destrozos causados por el catastrófico tsunami del pasado año. Aprovechaban cualquier oportunidad para charlar con nosotros porque decían que hablando con los palangi aprendían a veces tanto como en la escuela. Si les preguntabas si deseaban vivir en otro país lo tenían claro, allí tenían el modo de vida y la fuente de felicidad que sabían que no iban a encontrar en otro lugar. En Manono no hay coches, ni caminos, porque no hacen falta, los niños van a la escuela andando y juegan alegres después hasta que al atardecer el sonido emitido al soplar una caracola (no hay campanas) indica el momento de la oración diaria, respetado en todo el país.

Samoa. Simple y preciosa. Si creemos en el dicho de que no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita, aquí tenemos una constatación evidente. No te lo deberías perder, especialmente si tienes la fortuna de viajar con tus hijos y de poder apreciar con qué naturalidad se desenvuelven y como interrelacionan con este entorno y con sus gentes. Samoa te ofrece mucho más que inolvidables lugares, porque si mantienes los sentidos abiertos podrás aprender a dar sentido a tu vida al margen de los parámetros habituales en nuestra cultura occidental.

Texto & Fotos: Pedro Montero
© Copyrigth by Tangata Pasifika 2010. Todos los Derechos Reservados

 

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4 comentarios sobre “Samoa, simple y preciosa

  1. Queridos amigos me ha gustado mucho vuestra experiencia en los mares del sur la verdad gracias por traer y dar a conocer nuetra forma y nuestro modo de vivir la vida. yo soy de Samoa y llevo casi veinte años en España y lo que habie dicho de Samoa es la pura verdad y me siento muy orgullosa de ser samoana y gracias de nuevo amigos ahi en Samoa teneis vuestra casa cuando podeis regresar de nuevo un beso tofa soifua de Selesitina Mealelei vivo en Bilbao como dien en euskera agur a Dios hasta pronto

  2. Talofaaaaa laaaaava Selesitina Mealelei!
    Kaixo eta eskerrik asko! Fa’afetai tele lava! Muchas gracias por escribirnos y que te haya gustado tanto este articulo sobre tu hermoso pais Samoa, lugar al que tanto amamos aqui en Tangata O Te Moana Nui y al cual nos sentimos estrechamente ligados por motivos familiares y de amistad. Esperamos impacientes que te pongas en contacto cono nosotros para poder compartir muchas cosas mas. Un abrazo, fa’afetai tele lava una vez mas. Tofa Soifua!

  3. Sin lugar a dudas,quiero vivir allí, aún soy joven,pero cuando termine mis estudios iré a este lugar a vivir. Creo sinceramente que debería ud ser columnista de viajes en alguna revista, un saludo

  4. Muchas gracias Alvaro, deseamos que tús sueños se puedan cumplir, que seguro que sí … y si, ciertamente Samoa es un lugar muy hermoso …!!!

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