La Lección de la Isla de Pascua


Durante largos años, la Isla de Pascua simbolizó la isla misteriosa, la isla de los secretos fabulosos. La Isla de Pascua no guarda ya misterio alguno. Gracias a los numerosos estudios científicos elaborados recientemente se ha llegado a reconstruir de modo aproximado la historia de sus habitantes, y el hombre de hoy haría bien en meditar su lección.¿ Es preciso recordar que la isla de Pascua es una pequeña formación volcánica de 12 kilómetros de ancho por 24 de largo, el lugar más aislado de la Tierra, a 3.800 kilómetros de la costa chilena del Pacífico y a 1.900 kilómetros de la isla habitada de la Polinesia más próxima, la célebre Pitcairn de los amotinados de la Bounty? Se encuentra a apartada de toda ruta marítima.
Este aislamiento es, sin embargo, mucho menor que el de nuestro pequeño planeta perdido en la inmensidad, minúsculo guijarro suspendido en un universo de limites infinitos. A pesar de su aislamiento, la Isla de Pascua, como toda tierra emergida, fue cubierta rápidamente por un manto vegetal. Las semillas llegaron hasta allí arrastradas por las olas, por el viento o por las aves migratorias. Los estudios palinográficos del Dr. John Flenley son absolutamente contundentes. hace 30.000 años existía ya una flora abundante, análoga a la que crece aún hoy en otras islas polinesias como Rapa Iti Rapa Pequeña, mientras que Isla de Pascua recibe el nombre de Rapa Nui o Rapa Grande). Se ha descubierto el polen de tres árboles: de palmera, cuyo género exacto está aun por determinar, de hibiscus y, sobre todo de toromiro.
Este hallazgo es fundamental pues refuerza sólidamente la tesis del Profesor Mulloy según la cual las estatuas monumentales se habría acarreado mediante un ingenioso dispositivo en madera. Más interesante aún es constatar la ausencia de polen en los estratos de hace unos mil años. ¿ Fue responsable el hombre de esta deforestación ? La cronología del asentamiento humano de la Isla de Pascua podría sugerirlo. Aunque es difícil excluir totalmente una migración llegada del este, es decir, del continente americano, los indicios son, cuando no inexistentes, sí muy débiles.
Por el contrario, existe la certeza de la llegada de navegantes venidos de poniente. Según la tradición oral, el rey Hotu Matua, tras una larga y peligrosa travesía, ganó la playa de Anakena. este primer desembarco se fecha entre los años 400 y 600 de nuestra era, es decir, al inicio de nuestra Edad Media. Las costumbres polinesias permitían que los vencidos, acompañados por sus mujeres e hijos, marcharan en sus piraguas cargadas con aquello que resultara estrictamente necesario para fundar una nueva colonia, si tenían la suerte de alcanzar una nueva orilla. Asi fue como se pobló el vasto triángulo marítimo limitado en sus vértices por Hawai’i, Aotearoa Nueva zelanda y la Isla de Pascua (Rapa Nui).

 

Estos pocos inmigrados fundaron una colonia, una sociedad y una cultura; en una palabra, un pequeño mundo, auténtica maravilla del ingenio del espíritu humano. Sobre este inhóspito islote volcánico sometido a la violencia de los vientos, sin más agua potable que la que se acumula en los cráteres, sin los árboles frutales que son la bendición natural de las islas de la Polinesia se desarrollo, a pesar de estas terribles limitaciones, una verdadera civilización relativamente refinada. Así lo atestiguan numerosas obras artísticas, en particular las esculturas en madera y, sobre todo, en piedra. El número de estatuas monumentales supera las seiscientas.

Esta civilización se mantuvo no sin dificultades. Corrió el riesgo de hundirse definitivamente a consecuencia de crueles guerras fratricidas, pero supo perpetuarse en un ejemplo que resulta para nosotros particularmente valioso. En el apogeo de la cultura Rapa Nui, necesidades y recursos estaban sin duda en equilibrio. Numerosas tribus vivían en comunidades repartidas por toda la periferia insular. En la actualidad se realiza el inventario de los vestigios correspondientes a doscientos cuarenta templos llamados ahu, que corresponden a otros tantos asentamientos. Todos rivalizaban en tener sobre su ahu el mayor número de moai, cabezas de grandes ojos abiertos hacia el interior de la isla, y en poseer las estatuas más imponentes.

Esta rivalidad es signo de prosperidad, al tiempo que sugiere que, durante muchos años, existió un equilibrio biológico satisfactorio aunque sin duda precario. En un clima saludable, libre de gérmenes infecciosos foráneos, el estado sanitario insular era, con toda probabilidad, excelente. Así, la población creció con rapidez hasta superar los 10.0000 habitantes (algunos investigadores hablan incluso de 20.000) apiñados en un espacio tan limitado.

Al romperse el equilibrio biológico, los recursos se agotaron. Probablemente en esta época se consumó la deforestación de la isla. Es posible imaginar los muchos elementos que intervinieron en este proceso: las necesidades propias de la cocina o la calefacción, los incendios forestales favorecidos por las sequías periódicas, así como la rivalidad entre clanes que condicionó el gigantismo de las estatuas y dio como resultado la tala de árboles para facilitar el transporte de aquellas. ¿ Se remontan también a esta época la necesidad de cultivar el lecho de las henduras accidentales del terreno o los canales creados por las materias minerales en fusión tras verterse en el mar, únicos lugares al abrigo de los vientos donde se acumula, todavía algo de humus ?

Quizás sorprenda que los isleños , al menos en los periodos más recientes, no explotaran las inmensas riquezas del mar. Sin duda no lo hicieron al faltarles los materiales necesarios para la construcción de embarcaciones resistentes a las tempestades. Los núcleos habitados encaramados al viento, zona sudeste de la isla, padecían un especial perjuicio en este sentido.

Agotamiento de los recursos, demografía de crecimiento galopante: dos males que nos son familiares y resuenan dolorosamente en nuestros oídos. El hambre al enseñorearse de la isla, favoreció la antropofagia. Siendo el hombre el único ser inclinado a resolver sus enfrentamientos colectivos mediante el uso de la fuerza, la isla no escapó a este flagelo. Antes de la invasión turística de 1970, al pasear por la isla, se podían recoger fácilmente, a ras de tierra, numerosas flechas talladas en obsidiana. Destinadas, no a la caz – por otro lado inexistente – sino a los hombres, son testimonio de las graves guerras intestinas. Sin duda las luchas devastaron la isla de manera endémica pero es verosímil suponer que aumentaron en crueldad a medida que los recursos se agotaban. La población cayó, así, hasta unos 3.000 habitantes.

Hemos podido datar hacia 1680 el episodio más sangriento. En este tiempo cesó la talla de las grandes estatuas en la falda del monte Rano Raraku. Ninguna catástrofe natural explica esta interrupción, causad en realidad, por una guerra inter tribal sin cuartel ni piedad. Parece ser que la población nativa se había escindido en dos grandes tribus que se enfrentaron casi hasta el exterminio.

Se produjo entonces, un auténtico milagro. Los caudillos rivales, hartos de una guerra fratricida de las que habían calculado las consecuencias, idearon un sistema pacífico para designar al jefe de la isla, una especie de convención de naciones. Es el llamado periodo del hombre pájaro que duró cien años, hasta la cristianización de la isla. Era una organización de gran originalidad, cargada de simbolismo, que podemos interpretar como el último intento de supervivencia de esta sociedad.

Cada primavera, sobre el islote de Motu Nui, frente al cabo Orongo, las aves migratorias acostumbran a realizar la puesta anual de huevos. Los jefes se acomodaban sobre el impresionante acantilado que domina el islote, en cabañas de piedra aún hoy visibles. Oteaban la llegada de las primeras aves migratorias. En representación de cada candidato, un atleta se lanzaba a nado y se escondía en las anfractuosidades del islote desde donde vigilaba la puesta. Aquel nadador que, contra las olas y los tiburones ,regresaba a la orilla con el primer huevo designaba a su jefe como soberano espiritual de la isla hasta el año siguiente. Esta práctica, de una belleza poéticamente impresionante ( ¿ No es el huevo acaso símbolo de la vida ? ) sirvió al propósito de la paz durante más de un siglo.

No podemos sino admirar la sabiduría de aquellos hombres que, aislados del resto de la humanidad, encontraron en su imaginación los medios para superar sus disputas, que sabían mortales, y pasar del enfrentamiento a la cooperación. Es inútil insistir en las sorprendentes analogías entre aquel lejano y pequeño mundo y nuestro no menos pequeño planeta. La humanidad se encuentra aún a tiempo de reflexionar sobre la lección de la Isla de Pascua, de frenar la carrera, de unirse en la explotación de los recursos que aunque menguan, son todavía considerables; de limitar voluntariamente los nacimientos de modo racional y sosegado; de buscar soluciones a las difíciles relaciones entre grupos humanos distintos, en consecuencia rivales, no en el veredicto del azar sino en el veredicto de la razón.

De lo contrario, como en la Isla de Pascua, la catástrofe está al cabo de la calle. Nuestro planeta, tan limitado y asilado como la Isla de Pascua, no cuenta con más recursos que los propios. Únicamente gracias a su ingenio, su buena voluntad y a su lucidez, la humanidad logrará no sólo sobrevivir adaptándose – como tantas especies – a nuevas condiciones, sino que crecerá merced a sus extraordinarias capacidades intelectuales, aún sin explotar.

Cuando el hombre comienza a dominar la naturaleza, a comprender su entorno, a comprenderse y situarse él mismo, a saber que no es nada pero que todo lo puede, no e momento de tomar una senda peligrosa, perfectamente imaginable y, por lo tanto, evitable.Sean estas palabras motivo de reflexión, amargo ciertamente, pero también un modelo cargado de esperanza; que la isla de Pascua sea símbolo de una humanidad entregada a sí misma que, gracias a la razón, sabrá superar sus enfrentamientos. Advertidos y lúcidos seríamos muy culpables si no eligiésemos el camino de la sabiduría: el hombre-pajaro.

La lección de la Isla de Pascua
Jean Dausset
Premio Nobel de Medicina

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