Refugiados Climáticos de las Islas Carteret en Papúa Nueva Guinea

Kilinailau (Islas Carteret) es un atolón casi circular de 16 kilómetros de diámetro que encierra una laguna de 20 kilómetros de largo y 15 de ancho compuesto por pequeñas las pequeñas islas coralinas de Han, Jangai, Yesila,Yolasa y Piul.  Sus habitantes originales descienden de gentes llegadas de la isla de Buka vecina de  Bougaiville, que desplazaron a sus primeros habitantes  de origen polinesio. El español Luis Vaez de Torres navegó próximo a las islas en 1606  siendo descubiertas en 1767 para el mundo occidental por Philip Carteret a quiénes deben su nombre.

La población actual del atolón es de 1700 personas. Kilinailau o Tulum, como son también conocidas estas islas,  sufrieron  en 2008 una violenta tormenta que destruyo las cosechas y plantaciones de copra y provocó que el agua salada aniquilara  gran parte de la vegetación insular. Los suelos arenosos y que apenas de elevan un metro y medio sobe el nivel del océano son muy vulnerables a  las condiciones climáticas severas, lo que esta provocando una erosión alarmante que suscita la preocupación de sus habitantes por el futuro. Como toda  las comunidades insulares de las Islas del Pacífico, los habitantes de Kilinailau están  emocionalmente ligados a la tierra, sin embargo  a consecuencia de los acontecimientos  deben aceptar el abandono de  su hogar para garantizar la salud de sus hijos; como consecuencia de las cosechas arruinadas la dieta es muy pobre y afecta severamente a la salud de los más pequeños.  El pescado, los cocoteros y algunas verduras forman parte de la dieta local que en ocasiones incluye carne, arroz y harina adquirida en los comercios. La mayoría de las familias dependen económicamente de aquellos parientes que trabajan lejos de las islas.  

Para algunos habitantes de las Islas Carteret  su vida es una historia de idas y venidas. El 25 de noviembre de  2003 el gobierno de Papúa Nueva Guinea permitió la reubicación de 10 familias de  Kilinailau, nombre con el que los nativos melanesios se refieren a su hogar, aunque se desentendió de la financiación del proyecto y la reubicación total de la población que debía llegar a término en 2007 se vio interrumpida. Este año cinco hombres se marcharon a Bougainville para construir viviendas y huertos  para acoger  a las cerca de 1700 personas que serán trasladadas en los próximos cinco años. Las tormentas y huracanes, en los últimos tiempos, no han hecho más que empeorar la  frágil situación del atolón haciendo insostenible la vida de la comunidad. Desde entonces la prensa internacional   ha descrito ya a los habitantes de Klinailau como los primeros refugiados climáticos. El  supuesto futuro hogar de las gentes de las Carteret esta muy lejos de asegurar el bienestar pues la Provincia de las Solomon del Norte, especialmente   Bougainville que aunque es una de las islas más hermosas y fascinates del Pacífico Sur,  aun se está recuperando de una guerra civil que tuvo lugar entre 1988 y 1998 y causó la muerte de 15.000 personas. Las islas Solomon del Norte geográfica y culturalmente se identifican más con el archipiélago de las Solomon, durante diez años sus habitantes reclamaron la independencia. Cuando Papúa Nueva Guinea se independizó  de Australia en 1975,  diecisiete días antes esta islas habían ya proclamado  su independencia unilateral siendo ignorada por aquel país de las antípodas.

Este conflicto olvidado por el mundo provocó la destrucción de las infraestructuras y servicios básicos de la comunidad; y la reconstrucción de escuelas, hospitales e iglesias es muy lenta debido a la escasa financiación por parte de las autoridades de Papua Nueva Guinea. La labor corre a cargo principalmente por  organizaciones no gubernamentales   australianas y la iglesia. Los misioneros son los que están garantizando la adecuada reubicación de las gentes de las Islas Carteret  para que en la medida de lo posible puedan adaptarse a sus nuevas vidas.

Sin embargo la historia de la vulnerabilidad geológica de las islas viene de lejos pues ya a finales de  la década de los sesenta los líderes comunitarios  acordaron la evacuación de la población tras sufrir durante veinte años la erosión de sus costas. Ya en aquellos años  un tercio de la población, a falta de oportunidades de empleo, residía en otras áreas de Papúa Nueva Guinea, especialmente en la isla vecina de Bougainville donde trabajan los hombres. A pesar de la emigración la isla contaba con una densidad de 100 personas por kilómetro cuadrado, casi diez veces más que la población total de la Provincia de las Solomon del Norte. Desde 1945 las autoridades locales constataron la escasez de tierras. En 1964  un estudio reveló que de 43 hectáreas consideradas aptas para el cultivo un 70% era utilizada de forma constante y el período de barbecho era insuficiente para la regeneración de la tierra. Los cocoteros cubren la mayor parte del suelo, junto a los bananeros, taro y casava que son plantados en los espacios disponibles entre estos.

Algunos lugareños empezaron entonces a usar viejos contenedores de gasolina para construir muros marinos con coral amontonado a lo largo de la costa., pero sus esfuerzos no tuvieron éxito ante los fuertes mareas o la perdida de árboles frutales y tierra de cultivo. Los intentos para comprar tierra en Bougainville fueron en vano. En 1979 cuando se estableció el Gobierno Provincial de las Solomon del Norte , se empezó a discutir el problema de escasez de tierras en los grupos insulares de la región, fue entonces cuando empezaron a moverse las cosas.

En agosto de 1984  cien personas se convirtieron en el primer grupo de desplazados de las Islas Carteret. Maev O’Collins de la Universidad de Papúa Nueva Guinea registró en un informe las dificultades  a las que se enfrentaron los habitantes desplazados: ” … Las familias (…) tienen que acostumbrarse a nuevos alimentos, nuevos  técnicas y materiales de construcción diferentes. A su llegada tuvieron que acostumbrarse a vivir bajo un techo de hierro galvanizado, alejados del  mar y rodeados por un bosque desconocido y que les provoca temor.” La reubicación obligo también a que “ los niños se acostumbrasen a andar seis kilómetros para asistir a la escuela, una distancia muy grande comparándola con su atolón de dimensiones tan reducidas.” Los peligros del tráfico rodado, pues no tenían experiencia en transitar carreteras con vehículos circulando; el miedo a las serpientes cuando andaban por una selva que desconocían y verse rodeados de árboles altísimos… todo supuso una adaptación individual y comunitaria. Maev O’Collons añade:  Las mujeres son las que lo pasaron peor. La sociedad de Kilinailau es matrilineal, sin embargo los hombres toman todas las decisiones y  la palabra en las, reuniones públicas. Muchas mujeres no hablaban inglés o Tok Pisin, por lo que fueron incapaces de tomar decisiones. “Muchas mujeres permanecían sentadas durante mucho tiempo pensando en sus isla natal. Los domingos  andaban veinte minutos entre los altos árboles que tanto temían, para alcanzar la orilla y contemplar largas horas el horizonte en dirección a su atolón… ” A las familias les costó adaptarse a alimentos como la patata duce, añorando su pescado y sus cocos. A pesar de tantas dificultades se adaptaron a su nuevo hogar y tan sólo una familia regresó. 

 En 1985 un estudio constató un cambio en los roles familiares, adaptado los hombres el trabajo que las mujeres realizaban en las áreas de cultivo, realizando el duro trabajo de talar los árboles del bosque. Ambos sexos compartían la labor de siembra, recolección y desbroce. Las diferencias con una aldea vecina surgieron al poco tiempo de su llegada cuando un hombre de Kilinailau tomó en matrimonio a un mujer local y su familia demando una dote, algo que no forma parte de la tradición de las Islas Carterert. Las  gentes de Kilinailau fueron conscientes de su dependencia con respecto a la comunidad local en razón de la ausencia de oportunidades económicas. En 1987 dos nuevas familias regresaron a su hogar ancestral, cansados de esperar las oportunidades económicas que les habían prometido: un proyecto pesquero operado por las gentes establecidas en la isla de Nissan, una tienda y plantaciones de cacao y copra  en Mabiri a 30 kilómetros de su asentamiento. Otros se mostraban  temerosos de perder por completo sus derechos sobre la tenencia de la tierra en su isla natal. La posición de las autoridades locales  de Papúa Nueva Guinea ha afirmado siempre, sin tener en cuenta que estos han venido cumpliendo su parte con la construcción de casas y la creación de huertos, que el pueblo de Kilinailau se muestra demasiado dependiente de la ayuda exterior (sic) sin tener en cuenta que su adaptación necesita tiempo. Considerando todas estas cuestiones, la reubicación de las gentes de las Islas Carteret  no será  nuevamente una tarea fácil: Tienen que abandonar sus tierras ancestrales donde han vivido siempre , lejos de su amado atolón que aunque diminuto y desprovisto de recursos naturales es su patria, allí donde están enterrados sus seres queridos y donde han pasado toda su vida entera; para residir lejos del océano siempre tan presente en sus vidas siendo testigos de la desaparición de su cultura.

Desafortunadamente no serán los primeros ni los últimos refugiados climáticos pues si no se toman las medidas adecuadas para combatir el  calentamiento global muchas comunidades de las Islas del Pacífico se encontrarán en su misma situación, de hecho las autoridades de  de las Solomon y Vanuatu están considerando ya la evacuación de algunos de los atolones que conforman su país. Todo ello significaría, sin lugar a dudas, la desaparición de modos de vida ancestrales que  supondría la pérdida irreparable de una parte importantísima de diversidad cultural de la Humanidad. Y el sufrimiento emocional y material  innecesario para cientos de personas.

 

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