Atiu: Cómo se vive en los Mares del Sur

Mi cuerpo huele a tiare maori (Gardenia tahitiensis) y sudor. Camino por la playa junto a la orilla, mientras el agua, en azul y espuma, juega con los dedos de mis pies. Cuando me encamino a despedir el día, llevo conmigo una sensación de felicidad tras las zambullidas en la laguna tibia y cristalina.

A lo lejos truena la mar eterna, esa mar que muere violentamente en el arrecife y rompe el en el silencio perfumado del atardecer. Es Te Moana Pasifika (el Océano Pacífico en el idioma maori de las islas Cook), el que trajo sobre sus olas a los antepasados de los hombres y mujeres que habitan hoy esta isla. Llegaron desde ‘Avaiki Nui, la primera tierra creada por los dioses y la patria espiritual y de origen de los polinesios, a la que regresaran a descansar para siempre después de sostener la a menudo difícil batalla con la vida.

Polinesia baila, baila a todas horas y no se cansa. Es fácil sacar a bailar a estas graciosas vahine (muchachas jóvenes) de largos cabellos negros y brillantes. Sé que ellas esperan que sea yo el que las lleve y me gusta complácelas. Las atraen las melodías dulzonas, pero también las apasiona el tamure y la kaina porinetia que, con sus movimientos frenéticos y provocativos, forman parte indisoluble de su existencia. En el local social de la Cook Island Christian Church, donde estamos reunidos, ninguna banda toca música contemporánea. El ritmo del tokere o tambor tradicional, del ‘ukerere y de la kita o guitarra es más pausado; como las danzas y los cantos que las acompañan. La monotonía de los sonidos y la parsimonia de los pasos y los gestos son extraordinariamente seductoras. Me encuentro atrapado, envuelto, y siento que ya no podré respirar sin ellos.

No ha salido el sol esta mañana de sábado. El cielo muestra un gris plomizo de fin de mundo. Pájaros negros con largas alas planean muy alto sobre los cocoteros. Presagian la proximidad de la temporada de huracanes. Llueve, llueve y llueve sobre la isla y el mar. Es una lluvia fina y persistente, que no me impide visitar a las mamas o ancianas en su taller de confección. Cuando notan mi presencia todo son risas y gritos. Están contentas por verme una vez más. Yo también disfruto compartiendo mi vida con ellas. Les parece gracioso que pase mis horas interesándome por todo lo que hacen o dejan de hacer.

Grandotas, envueltas en vistosos vestidos de colores salpicadas mil flores blancas y pequeñas unas, rojas y grandes otras… Están sentadas en el suelo, trabajan y se divierten. Trabajan al son de la música polinesia, una música como la miel: dulce y espesa, nacida de la selva. La misma en la que bailan los hermosos y coloridos pareu que cuelgan sobre nuestras cabezas. Sus manos son muy gruesas, pero tejen las ‘ara tai u hojas de pandano con una habilidad sorprende. Mientras observo su laboriosa tarea, una de ellas, la más alborotadora, me cuenta que ha estado en Tahiti y Rarotonga visitando a parientes y amigos, pero que, sin duda, donde mejor está es en su amada isla.

Los hombres ya deben estar en sus pequeños huertos, o de pesca en la laguna o en mar abierto. En las tierras bajas que hay en el borde exterior del makatea (antiguo arrecife de coral) que rodea la isla, se cultiva el taro mediante un sistema de irrigación. Las áreas donde crece este tubérculo estaban divididas tradicionalmente en función de las ngati o clanes, que han alejado las parcelas y hacen ineficaz su explotación. En esta zona con pantanos la tierra fértil abunda y alimenta plantaciones de cafeto, naranjos, piña, vainilla y copra, destinadas al consumo local y a la exportación.

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Entre el estrecho arrecife de coral y el suelo volcánico aparece un relieve muy accidentado, con extrañas y complicadas formaciones de coral fosilizado. Los maori la consideran la primera tierra creada por Dios. Y así debe ser, pues para los primeros pobladores de la isla el makatea se evidenció una fuente inagotable de recursos, que satisfacía sus necesidades más inmediatas. De él obtuvieron maderas preciosas como la del toa (Casuarina equisetifolia), la del ano (Guettarde speciosa) o de tamanu (Calophyllum inophylum), destinadas a la construcción de ‘are o casas tradicionales, vaka o canoas de doble casco y canoas de pesca (paiere). También proporcionó materiales para la fabricación de utensilios de uso diario o ceremonial, e incluso alimentos, como el kopeka, un pajarillo silbador que habita en las innumerables cuevas que hay en la región.

Las zonas de pesca, como las terrestres, se distribuyeron entre familias, que las delimitaban mediante accidentes geográficos y naturales. Aún hoy se recuerdan y mantienen sus nombres. La pesca, de una manera u otra, sigue siendo una actividad importante que protagonizan los hombres. Las mujeres y los niños se dedican a la recolección de crustáceos, mariscos y pececillos en la laguna y el arrecife. Los rauakai o pescadores y sus ayudantes, generalmente sus hijos, observan las fases de la luna. Su ángulo les indica la situación de las mareas y con éstas, el momento más adecuado para las capturas. La pesca en Atiu no sólo es un medio de supervivencia, sino también expresión de un arte que exige rituales para su éxito.

Las Kuki Airani (Islas Cook) son tan diminutas que parece un milagro que los europeos llegaran a descubrirlas. Una anciana, Uia, predijo la llegada de los misioneros con cuarenta años de anticipación:” No pasará mucho tiempo hasta que una gran canoa sin balancín llegue hasta la isla. Sus hombres, cubiertos de pies a cabeza, traerán consigo el mensaje de un Dios que habita en las alturas. Gentes de Atiu, manteneos alerta, pues nuestras propias deidades no permanecerán eternamente con nosotros…” Siguiendo la estela dejada por James Cook, quién desembarcó en la playa de Oravaru durante 1777, apareció el enérgico e inevitable John Williams, predicador protestante de la Sociedad Misionera de Londres.

Durante el siglo XIX los pastores ingleses hicieron de este archipiélago un reino misionero. La influencia de la iglesia es hoy, como antaño, abrumadora, y sigue en muchos casos el modelo establecido hace siglo y medio. La huella profunda de aquellos evangelizadores de la Inglaterra puritana se patentiza cada domingo. Las reglas exigen la paralización total de las actividades: nadie pesca en la laguna, cuida su huerto ni atiende su tiendecita de comestibles, nadie juega al fútbol, salta a la comba, baila o toca la guitarra. Nadie cocina, teje esterillas o confecciona tivaevae [3] Nadie hace nada más que asistir al servicio religioso y, más tarde, abandonarse al descanso más completo.

Aquí todo el mundo asiste a la liturgia con sus mejores galas, demostrando que éste no es un día como los demás. Las mujeres visten de blanco inmaculado y realzan su belleza con hermosos sombreros de ala ancha, trenzados con sus propias manos. Ellos, corbata oscura y camisa blanca bajo trajes grises o negros, bien planchados. Sus zapatos están limpios y relucientes, y los niños y jóvenes, como si asistieran a su primera comunión. Elegantes y distinguidos, todos se sumergen en los larguísimos pero poéticos sermones del párroco. Cantan con una armonía y un volumen portentosos, que ponen la piel de gallina. Cantan himene, himnos religiosos versionados la estilo polinesio, sin ningún acompañamiento musical, consagrándose y alabando a Iesukerito (Jesucristo), Nuestro Señor!

Los antiguos polinesios desarrollaron y mantuvieron sociedades complejas y bien organizadas, basadas en complicados mundos espirituales, sofisticados órdenes sociales, refinadas tradiciones artísticas y un lenguaje propio y único. Tras la llegada de los misioneros, los habitantes de Atiu fueron persuadidos a abandonar sus centros originales de población, donde abundaban los suelos fértiles y el agua, para agruparse en la altiplanicie central de la isla, lejos de la costa.

El control y la conversión de los individuos produjeron muchos cambios profundos y permanentes. Sin embargo, nunca dejaron de sentirse íntimamente ligados a la tierra. Nunca podrían vivir sin ella. Ese carácter sagrado y espiritual se mantiene todavía a través del mana o poder sobre natural de los ‘ariki o jefes tradicionales; un mana emanado de la propia tierra, que asegura su supervivencia y anima la esencia del ser maori. Las genealogías conectan el presente con el pasado. Las familias, vinculadas entre sí por lazos comunes de descendencia y entroncadas a su vez con cada uno de los tres ‘ariki actuales, mantienen firmes los derechos de afiliación a la tierra.

La vida de Juergen y Andrea Eimke es ciertamente hermosa: pasaron de las interminables y desproporcionadas tierras africanas a las diminutas y remotas islas polinesias. Un día llegaron a Atiu, este confín perdido e idílico y, como yo, se enamoraron de él. No han podido abandonarlo. Sin embargo, el inicio de una nueva vida no resultó sencillo. Juergen, fuertote y con una barba espesa, trabaja en la industria cafetera, introducida a principios del siglo XIX por comerciantes y misioneros. Andrea se ocupa del Atiu Fibre Arts Studio y se ha propuesto concienciar a las mujeres que trenzan fibras y realizan otras actividades artesanales desde muy niñas, de que estos productos de uso ceremonial, doméstico o de adorno, son también obras de arte que agradan a los extranjeros. Pretende estimular el interés de los más jóvenes por las técnicas ancestrales y revitalizar la maltrecha economía local.

Sus tradiciones, creencias y concepción de la vida obligan a los polinesios a ser hospitalarios con quienes llegan a sus comunidades y aldeas. Les proporcionan todo lo necesario para que se sientan cómodos y felices, pero si deciden instalarse entre ellos su actitud puede cambiar de una manera sorprendente. No es fácil ganarse la confianza de esta gente. Los hombres blancos los han engañado demasiadas veces antes.

Es cierto que muchos desearían acabar sus días en un lugar como Atiu, pero son muchísimos más los que ignoran que quedarse significa aprender la tolerancia, la humildad y la paciencia hacia alguien que ya no tiene por qué mostrarlas. Ésta es su tierra, su hogar, y nosotros, los intrusos. Escarmentados como están, pueden transformar el paraíso en un infierno indeseado. Cuando se dan cuenta de que un forastero trabaja el doble que ellos y se plantea la posibilidad de que los supere, no sólo no le ayudarán, sino que le crearán las máximas dificultades posibles. Nadie desea la repetición de la historia. Por eso las islas no están hechas para el mundo occidental; ni éste para ellas. Un paso así requiere mucho más que una playita de postal, a la que el paso de los días, meses y años puede convertir en imagen angustiosa, claustrofóbica. Para vivir aquí hace falta, sobre todo, amar a este pueblo profundamente.

[1] Aceite producido a partir de la tiare maori en aceite de coco. Se utiliza cotidianamente para la protección de la piel, el cabello y de las uñas contra los efectos del mar y del sol. [2] Colocasia sculenta. Es un tubérculo característico en la dieta de la las islas de Polinesia y otras Islas del Pacífico [3] Colchas elaboradas con la técnica del patchwork, que las esposas de los misioneros enseñaron a confeccionar a las mujeres polinesias. Con la llegada del comercio y de los vestidos occidentales, sustituyó a los tejidos naturales aunque con una función similar a estos.

Texto: Tangata O Te Moana Nui
Fotos: Andrea Eimke &Tangata O Te Moana Nui
© Copyrigth by Tangata Pasifika. Todos Los Derechos Reservados
Publicado: Revista de Viajes Altaïr (Cómo se vive en los Mares del Sur)

Otros Artículos de Interés: Atiu: Hacia el Azul (I)

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