Atiu: Hacia el Azul (I)

UNA ISLITA PERDIDA EN LA POLINESIA

Habíamos regresado a nuestra Alemania natal tras vivir y trabajar algunos años en Nigeria. A pesar de las ventajas y comodidades que nos ofrecía la vida moderna en una gran ciudad, después de haber sobrevivido a los peligros de aquel corrupto país africano, el sentimiento nostálgico por aquellos días no tardó mucho tiempo en surgir en nuestro interior. Añorábamos la risa del sereno, las canciones con las que nos deleitaba nuestro jardinero, las bromas y los chistes de la vendedora de pescado… el bullicio y el colorido del mercado… aquel sentimiento de bienestar que surge cuando uno está con amigos junto a quiénes poder confiar tú vida…

Nuestro hogar, allí en Alemania, no desbordaba la sana e inocente alegría que estallaba desde lo más profundo de las pequeñas vidas de los hijos del cocinero de nuestra casa nigeriana; parecía como si aquel cielo gris de entonces llorara lágrimas de indiferencia ante nuestros sentimientos. Eran días en los que ni tan siquiera éramos capaces de discernir si aquel frío lo provocaban las bajas temperaturas del húmedo invierno o, por el contrario, nos hacia falta la compañía de aquellos amigos africanos que habíamos dejado atrás.

Cansada hacía ya algunos años de mi profesión de intérprete y traductora tomé la firme decisión de dar un cambio a mi vida. Como hija de artistas encauce mis inquietudes hacia el mundo del arte. Hasta aquellos momentos mis palabras habían sido la de otros, transformandolas en idiomas diferentes; ahora deseaba hablar mi propio idioma, el lenguaje visual pero las cosas no son fáciles, ni lo fueron entonces y cuanto más buscaba, menos encontraba aquello que deseaba.

Con la llegada de las vacaciones mi esposo Juergen y yo pensamos que un cambio de aires nos iría muy bien, y de esta forma decidimos dar la vuelta al mundo. Nunca hubiéramos imaginado que aquel viaje cambiaría nuestras vidas.Viajamos y visitamos muchos países remotos y exóticos para mí, fue una experiencia extraordinaria y a pesar de haber tenido ya la oportunidad de vivir y trabajar en lugares lejanos y de costumbres diferentes a las mías, ningún otro país dejó en mi una impresión tan profunda como las Islas Cook.

Juergen ya había visitado estas islas de la Polinesia en un viaje anterior para mí, era el primer contacto con Oceanía. Desde las primeras exploraciones y descubrimientos europeos la mayoría de los occidentales ha tenido, y siguen teniendo, una idea muy romántica de las islas de los Mares del Sur : Playas de arenas blancas, aguas cristalinas de la laguna, mujeres medio desnudas adornadas con flores … y brisas perfumadas … Yo no la tenía, simplemente porque si tomo demasiado el sol mi piel se resiente; porque las mujeres ligeras de ropa no me llaman la atención y, además, porque la suavidad y calidez de las brisas tropicales pueden, en cuestión de minutos, convertirse en el más terrible de los huracanes.

La vegetación de verdes lujuriantes y caprichosos, la fuerza apasionada de los colores, el azul intenso del mar, la amabilidad y las sonrisas de las gentes fue lo que me sedujo con más intensidad, las islas me ofrecieron todo esto y mucho más…

En mi primer viaje pasé tan sólo cuatro días en Rarotonga, la isla mayor de este archipiélago y donde se sitúa Avarua, su pequeña capital y la mayoría de la población del país. Fue una estancia muy breve, pero el tiempo fue suficiente para darme cuenta de que todo aquello que había encontrado en aquel rincón perdido del mundo era lo que realmente andaba buscando. De regreso a Alemania, la vuelta fue muy amarga. Guardamos siempre con nosotros el intenso deseo de viajar otra vez hasta las islas, especialmente rumbo a las más pequeñitas y que se esparcen en cientos de kilómetros sobre las aguas que rodean Rarotonga. Al año siguiente así lo hicimos.

Texto: Andrea Eimke
Transcripción: Tangata O Te Moana Nui
© Copyright by Tangata Pasifika 2008

Atiu: Hacia el Azul (II)

 

 

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