Tonga: Un reino en los Mares del Sur

Atolones donde pesa el silencio del mar… y volcanes dormidos y despiertos e islas que aparecen y desaparecen, que nacen en nuevos tiempos; y cielos interminables donde habita Tangaloa, dios creador del mundo y todas las cosas que hay en él. Allí en el océano inconmensurable, Te Moana Pasifika, el archipiélago de Ha’apai surge como un imperio de coral acariciado eternamente por las olas.

Maui con el anzuelo que le regalo un pescador samoano de Manu’a… o quizás tallado con la mandíbula de su abuela, las pescó una a una de las profundidades marinas. El semi dios, el héroe legendario, que deseando la inmortalidad de la humanidad acabó estrujado en la vagina de la guardiana del mundo de los muertos… Que desagradecida vieja anciana de pechos secos, con aquel joven apuesto, ideal del hombre polinesio, Maui – Tikitiki – a- Taranga ; que detuvo el sol en el cráter de Haleakala en la isla que adopto su nombre en la lejana Hawai’i , para que fuese más despacio en su recorrido y el día fuese más largo y soleado. Y que del mar arrancó un hogar para los tangata whenua y que ellos, hombres y mujeres maori de Aotearoa, el “País de la larga Nube Blanca“, agradecidos llamarían a Te Ika Maui …      o ” El Pescado de Maui “.

¿ Porque vas a Ha’apai ? – me pregunta siempre mi amiga Melenaite – ” Allí no hay nada!” Y yo le respondo que me gusta andar descalzo de la noche a la mañana y envuelto en un pareu como único atuendo: Que me gusta pasear por caminos y senderos recogidos, escuchar el diálogo de las palmeras y el océano; porque el mar habla, estallando en el coral y la brisa suave del Pacífico Sur tintinea entre en las palmas del cocotero. Y Melenaite no comprende y ríe, ríe y ríe! Es el anga fakapapalangi, esta forma extraña de pensar y hacer las cosas del extranjero!

La primera vez que llegué a Tonga, ahora hace veinte años, era un tipo muy joven y despreocupado, casi un chaval, a la búsqueda de un sueño de islas solitarias, de pedazos de tierra lejanos y olvidados donde adornar mi juventud de inolvidables experiencias, dejar fluir mi existencia en vida diferente, en lo humano y lo divino y escoger islitas desiertas o pobladas para impregnarme con la eséncia del otro.

Y es así como un día cualquiera me encontré lo más lejos de todo lo conocido que podía estar, cientos y cientos de kilómetros, miles, me separaban de casa en un viaje en solitario que no olvidaría jamás. Me enamoré de las islas, un amor que desde entonces se perpetúa, el mismo que el de las tofu’a’a, las ballenas que cada año se deleitan en las aguas calientes de Polinesia para amamantar a sus crías.

Recuerdo que nada más desembarcar de la pequeña avioneta que aterrizó en el Aeropuerto Salote Pilolevu, el único en descender fui yo. Hermoso el nombre de Salote Pilolevu, la Angelica Houston tongana hija de Taufa’ahau Tupou IV. Adoro a esta princesa de los Mares del Sur…! especialmente cuando baila el tau’olunga con las rodillas juntas, moviendose con extrema dulzura, utilizando sus manos dando énfasis a este baile de estremecedora sensualidad y belleza ; relatando con gestos la historia de la vida misma, de mitos y leyendas que se remontan hasta ‘Ahoe’itu el primer Tu’i Tonga , hijo del creador y una mujer descendiente de una raza de gusanos.

En muchas Islas del Pacífico la llegada de un avión, y todavía más la de un barco, es aún motivo de fiestas improvisadas donde todo son risas, bromas y alegrías que provocan la bienvenida a amigos y familiares, pero también lágrimas y nostalgias prematuras de los seres queridos que se marchan y que no se sabe muy bien cuando, o si volverán alguna vez…. La vida en una filigrana madrepórica abandonada a los caprichos del océano, por mucho que su belleza insinúe lo contrario, es una vida dura. Una existencia que exige conjugar la ilusión y la esperanza, las penas y las alegrías, el miedo y la valentía, la diversión y el aburrimiento más extremo; todo en su justa medida. De lo contrario de marchas, te largas a Nuku’alofa o más lejos quizás. ¿Honolulu, Los Ángeles, Auckland?

Allí está la fragancia de las flores, siempre las flores que envuelven los sentimientos excesivos de los polinesios. Nada se esconde en las islas, todo es un mundo abierto y deshinibido. Pero en aquella ocasión y en Lifuka no había ni un alma. Nadie se iba y nadie llegaba, al menos nadie conocido o nadie a quién se esperaba. Así que nada más recoger mi equipaje, ayudado por uno de los pilotos, me quedé a allí plantado en medio de la pista contemplando las maniobras de despegue del avión. Estaba en una minúscula ínsula, en el remoto archipiélago de Ha’apai; en el no menos olvidado Reino de Tonga, en medio del lejano Pacífico Sur… y mientras tanto, sin saber muy bien que hacer, contemplando la avioneta que ya era un puntito perdido entre las nubes que emprendía rumbo a Vava’u…

 Sí en Ha’apai, al menos en Lifuka, hay cuatro casas de madera esparcidas aquí y allá y donde el edificio más representativo es el de Morris & Hedstrom, antiguo emporio comercial de los Mares del Sur de bella arquitectura colonial, lamida por el paso del tiempo, como las ancianas que golpean la ngatu. Porque la vida aquí despierta a golpe de ‘ike, es el primer sonido que se escucha en la mañana, que hueco se eleva hasta las alturas y se mezcla y funde con la neblina y el humo que se filtra entre las piedras incandescentes y la tierra de los hornos excavados en el suelo para cocinar los alimentos.

Las viejecitas tonganas de cabellos blancos y largos, hilos de plata, que rozan la sonrisa de sus gruesos labios, allí en en el fale kautaha donde se afanan en premiosas labores mientras bromean, cantan y bailan.

En Lifuka hay un mercado destartalado de tambaleantes mostradores en los que danzan manojos de dalo enormes, pequeñas y dulces papayas y algún que otro pescado suelto por ahí. También hay un billar donde los musculosos jóvenes de este lugar, que no llega ni a capital de bolsillo, y de aldeas cercanas; hombres acostumbrados a trabajar la tierra con sus manos y a pescar con red durante la marea baja en el arrecife o lanzar el arpón o largar la caña en mar abierto, vienen a pasar el tiempo entre juegos de bolas y fakaleiti que mariposean a su alrededor. Y yo me apuntó a la partida y la cerveza y más tarde bromeo con estos simpáticos y adorables fakaleiti que uno aveces piensa que son como ángeles bajados no se sabe muy bien de que cielo… criaturas que dibujan su existir entre dos espíritus, hombre-mujer. Y se ríen con sus risas afeminadas y contonean las caderas al ritmo de Stanford Pongi… Dream, Dream of Love…

Es la Polinesia que yo amo…

Tan sólo una isla puede ser el paraíso y Eduardo lo sabe muy bien. Su mundo es Tapana, una nimiedad de coral escondida en un laberinto de islitas que flotan en las aguas apacibles, luminosas y transparentes del archipiélago de Vava’u, que acogen extravagantes, variadas y coloridas criaturas marinas donde las ballenas cantoras, como escribió D.H. Lawrence, “…se mecen y mecen en intemporales eras de sensualidad en lo profundo de los mares y entre la sal danzan con ebrio deleite y en los trópicos tiemblan de amor y se revuelcan con masivo y fuerte deseo, cual dioses…”

Un universo insular reinado por palmeras de cabelleras despeinadas, de cuerpos altos y finos; rodeado de playas íntimas, olvidadas y de arenas blancas, que se convierte en la versión del cielo en la tierra para todos los papalangi que llegan hasta aquí.

Eduardo Echevarría, vasco de nacimiento y tongano de adopción apenas abandona el lugar que hace diez años eligió para pasar el resto de sus días junto a su mujer la valenciana María del Pilar; por el contrario navegantes solitarios y familias amantes del mar y el viento llegan desde todos los rincones del planeta hasta Tapana. Este enclave hispano tongano es conocido a lo largo y ancho de todo el Pacífico Sur y es ya refugio para compartir con otros amigos navegantes historias que destilan el perfume de la sal marina, de arriesgados periplos marítimos, de secretos oceánicos guardados en las brumas azuladas de Polinesia…

 Cuando Nuku’ alofa era todavía más pueblerina y soñolienta de lo que es hoy, cuando los automóviles eran algo excepcional, podías ver algún ve’etolu; esta una especie de triciclo motorizado importado desde Bangkok, que al ritmo del tuk tuk de su motor hacía las veces de taxi y que la valenciana hoy emplea para ir de aquí allá ; y allí, en esta aldea de aspiraciones mayores, incapaz de sacudirse su soñolencia, se pierde entre edificios viejos deteniendose sin prisas para las compras y charlas con tonganos, viajeros y navegantes.

En la carretera los niños juegan y ríen. Los cerdos pasean tranquilamente y entablan amistad con las gallinas. Bajo la sombra de las palmeras cocoteras la infancia crece como la hierba fresca en Nuku’ alofa. Ahora las gallinas huyen asustadas de los niños, y yo persigo a los cerdos…

Un pequeñín adornado con dos enormes flores rojas de hibiscos tras sus grandes orejas, me observa: Sus ojos son dos planetas marrones hipnotizados que vigilan mis acrobacias en bicicleta, mi desconsiderado entretenimiento aterrorizando a los cerditos. Estos papalangi…!

 Da Sound of Polynesia impregna estas horas mágicas y divertidas con sus melodías de belleza empalagosa y así, uno deja pasar la vida disfrutando de las cosas más sencillas, de las cosas más tontas.

Cuando me canso de dar vueltas en bici, cuando me canso de perseguir a los cerdos, me largo para la tiendecita del chino. Y allí está el muchacho, comiendo en cuclillas con hambre desesperada; Engullendo fideos que introduce en su boca enrrollandolos habilidosamente a los palillos. Los chinos siempre están comiendo, quizás es lo único que tengan en común con los tonganos, aunque estos en vez de echarse a dormir siestas interminables, queman calorías con su trabajo continuo y frenético.

No se si pretende mostrar una total indiferencia ante mi mi presencia o es que no tiene ni idea de inglés, probablemente sea esto último, pero siempre que intento conversar con él, me mira perplejo como diciendome que ya tiene suficiente con estar metido todo el santo día en el chiringuito, para tener que aguantar preguntas absurdas o mantener conversaciones superfluas con un extranjero… Entonces yo pido una Royal, me apoyo en el mostrador, enciendo un cigarrillo y me dispongo a dar la bienvenida a los murciélagos.

 Me gusta dejar pasar algún tiempo en los comercios de las islas. Entre cientos de latas de kapa pulu, pastillas de jabón, chancletas, paquetes de cigarrillos,cerillas e historias… Coconut Wireless , Radio Cocotero. Si uno quiere enterarse de todo lo que ocurre a su alrededor, no tiene más que acercarse por las tiendecitas que hay en cada esquina, en cada pueblo. Con el tiempo en el bolsillo y la disposición de inmiscuirse en la existencia ajena, te enteras de pasiones inconfesables, pautas y quebrantos de la tradición. La monotonía diaria de la vida obliga al cotilleo, aveces despiadado, para entretener el tedio tropical…

Si eres tongano, resulta un tanto complicado montar un negocio como este o cualquier otro. Aquí todo es de todos y todo de nadie. Al segundo día de haber montado el tinglado ya tienes a a media familia tomando prestado todo aquello que le viene en gana, hasta dejarte los estantes vacíos…. Lo peor es que no te puedes negar y así, mientras uno ve que toda tu mercancía desaparece vertiginosamente en nombre de la tradición, tan sólo cabe la resignación y tomar buena nota de los favores prestados… más tarde o más temprano todo aquello que se llevaron regresará duplicado o triplicado, quizás, cuando cases a tu hija o porque así lo quiere Dios, tengas que celebrar algún funeral.

Las pautas sociales polinesias parecen no comulgar con el capitalismo y quizás sea por esta razón que los chinos, como ocurre en Fiji con los indios, se adueñen del comercio local.

Cuando la noche empieza a caer sobre Nuku’alofa. Cuando el cielo se despinta del colorido exótico y arrollador del crepúsculo, los murciélagos surgen repentinamente desde el horizonte lejano.

 Los ves venir volando desde no sabes donde. Uno a uno, cientos de puntitos negros, más tarde. Luego te los encuentras planeando y agitando frenéticamente por en cima de ti , sus enormes alas negras. Chillan como locos, vuelan hacia arriba, esquivando las palmeras, esquivando casi , casi las primeras estrellas; para luego lanzarse hacia abajo como misiles. Sus veloces carreras parecen conducirles a la fatalidad de estrellarse irremediablemente contra el suelo sin embargo, cuando sus hocicos parecen rozar el asfalto, emprenden de nuevo meteórico vuelo hacia las alturas. Aveces pienso que vienen a verme, que saben que cada anochecer les espero con impaciencia. Suelen concentrase a centenares. Es un coreografía primitiva de una belleza complicada que probablemente tan sólo Dios sabe comprender. Su mirada ciega, es cautivadora, tierna…

No dudo que el chino los mira con diferente pasión que la mía, y cocinaría a alguno de ellos a fuego lento para luego meterlos en su cuenco; pero en estas latitudes los murciélagos son tapu, sagrados, un placer destinado a aquellos que descienden de los dioses, tan sólo la familia real puede cazarlos y hacer que sus sirvientes se los cocinen.

Tangata O Te Moana Nui
© Copyright by Tangata Pasifika 2007. Todos los Derechos Reservados

 ‘Ofa atu Este articulo está dedicado a Melenaite, Palavi & Lesila quiénes desde muy jovencito me descubrieron las Islas Tonga. Gracias por su amor, hospitalidad y generosidad desinteresadas. Articulo publicado en la Revista Islas.

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3 comentarios sobre “Tonga: Un reino en los Mares del Sur

  1. Escribo desde Madrid. He encontrado tu bellisimo artículo cuando buscaba información sobre la vida en Samoa y me ha llegado al corazón, describes el paraiso en la tierra, lo que todos soñamos y no nos atrevemos a descubrir. Soy desde hace 25 años Directora de Fundaciones relacionadas con el desarrollo sostenible y estoy harta de la vida que llevo. He viajado muchísimo, pero siempre he vuelto a España, a mi casa hasta hoy, pero ahora me planteo como quiero vivir el resto de mi vida y pienso que no es aquí y como hasta ahora. Me planteo si sería una maravillosa locura coger todo lo que tengo y soy e irme a ese lugar, donde el tiempo se ha detenido y el espíriru encuentra belleza, paz y libertad. Me puedes contar más cosas de esas islas? es posible trabajar en algo para una persona como yo, que habla ingles , francés y alemán, que ama la naturaleza y que ha trabajado 25 años en proyectos de conservación ?
    Gracias por anticipado por contestarme.
    Un saludo,

    Cristina Garcia Orcoyen

  2. Muy bien descrito,es exactamente así, espero volver algún día … no sabía que Eduardo habia vuelto.

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